<?xml version="1.0" encoding="utf-8" standalone="yes"?><rss version="2.0" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"><channel><title>Writeober 2026 on Miguel's blog</title><link>https://blog.erizocosmi.co/tags/writeober-2026/</link><description>Recent content in Writeober 2026 on Miguel's blog</description><generator>Hugo</generator><language>es-es</language><lastBuildDate>Sat, 03 Oct 2026 09:00:00 +0100</lastBuildDate><atom:link href="https://blog.erizocosmi.co/tags/writeober-2026/index.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><item><title>Copa</title><link>https://blog.erizocosmi.co/posts/copa/</link><pubDate>Sat, 03 Oct 2026 09:00:00 +0100</pubDate><guid>https://blog.erizocosmi.co/posts/copa/</guid><description>&lt;p&gt;—¿Quién lo ha encontrado? —preguntó el detective Caulfield, mientras contemplaba el cuerpo del difunto señor Armstrong sobre la alfombra.&lt;br&gt;&#10;Fuera, el día estaba encapotado y caía una fina lluvia a través de los grandes ventanales del lujoso despacho, que ahora se encontraba ocupado por toda una banda de policías y forenses recabando pruebas y examinando la escena del crimen.&lt;br&gt;&#10;La sargento Allison, acuclillada junto al cadáver, se levantó, quitándose los guantes de látex, con gesto cansado.&lt;br&gt;&#10;—El mayordomo —hizo una pausa para mirar de soslayo al umbral de la puerta, donde otro oficial le hacía preguntas—, dice que había venido a buscar al señor, al no haberlo encontrado en su dormitorio. Parece que no durmió allí anoche; lleva horas muerto.&lt;br&gt;&#10;Caulfield asintió. Contemplaba el cadáver del hombre, su expresión congelada en un rictus de terror, su postura extraña, tal y como había quedado al desplomarse. Qué indefenso debía haberse sentido los momentos anteriores a su muerte. Cameron Armstrong siempre había proyectado una imagen de fuerza, autocontrol y dignidad; no quedaba nada de eso en ese marchito cuerpo desprovisto de vida. Había sido un tipo poderoso; dueño de una de las mayores aseguradoras médicas del país. Caulfield se preguntó cuánta gente había muerto también así de indefensa y desvalida a causa de las agresivas políticas de su compañía en todos los años que había estado al frente de esta.&lt;br&gt;&#10;—Todo apunta a que ha sido envenenado —dijo la sargento y señaló hacia la copa a escasos pasos del cadáver, hecha añicos, con algunos restos aún de whisky o algún otro licor aún en su interior.&#10;—¿Indicios de que se trate de un suicidio?&lt;br&gt;&#10;—No sabremos el tipo de veneno utilizado hasta que recibamos el informe toxicológico, pero a juzgar por su expresión, no creo que fuese agradable. Tiene pinta de haber sufrido un dolor agónico.&lt;br&gt;&#10;La mirada de la sargento se dirigió al exterior, de donde procedía el sonido de neumáticos deslizándose por la grava de la entrada. Esbozó una sonrisa de disculpa.&lt;br&gt;&#10;—Ahora mismo vuelvo.&lt;br&gt;&#10;Caulfield se acuclilló, notando el crujir de sus rodillas, junto al cuerpo, pero luego su atención se volvió hacia esa copa rota y las pequeñas esquirlas de cristal que habían quedado diseminadas por la alfombra tras el impacto. Le pareció ver algo en el cristal. Una silueta cruzando el despacho detrás de él. Se giró, extrañado, esperando volver a ver a la sargento, que tal vez se había olvidado algo. Sin embargo, no fue aquello lo que vio. Sus ojos se abrieron como platos y su corazón empezó a retumbar. Cayó hacia atrás, presa del pánico, clavándose un par de esquirlas de cristal en una mano. Intentó gritar, pero no llegó a salir nada de su garganta. Lo que estaba viendo no tenía ningún sentido.&lt;br&gt;&#10;Había una niña, calva, de una delgadez extrema, con una bata de hospital, la tez pálida como la nieve y unas profundas ojeras. Pero lo más inquietante era que era traslúcida. Caulfield no creía en los fantasmas; aquello solo podía ser fruto del cansancio, un producto de su imaginación y nada más.&lt;br&gt;&#10;La niña desvió su mirada hacia el cadáver del señor Armstrong y en su rostro se dibujó una sonrisa. Empezaron a aparecer tras ella, uno tras otro, decenas de figuras de aspecto lastimero, igual de traslúcidas. Todas ellas con la mirada clavada en el difunto, todos sonriendo con alivio.&lt;br&gt;&#10;—¿Qué ha pasado? —preguntó la sargento—. ¿Estás bien, Caulfield?&lt;br&gt;&#10;Aquello lo sacó de su estupor. Seguía notando el martilleo de su corazón en los oídos. Parpadeó un par de veces, incapaz de lograr componer más que un balbuceo. La niña ya no estaba. Tampoco los demás.&lt;br&gt;&#10;—Estoy bien —atinó a decir, finalmente—. Me he resbalado. &lt;br&gt;&#10;Se incorporó lentamente, bajo la atenta mirada de todos los presentes.&lt;br&gt;&#10;—Anda, ve a que te miren eso, te has clavado unos cristales en la mano. ¿Seguro que estás bien? Te has quedado pálido; no tienes buena cara.&lt;br&gt;&#10;Hizo un gesto para quitarle importancia.&lt;br&gt;&#10;—Estoy bien, no te preocupes. Ahora vuelvo.&lt;br&gt;&#10;Necesitaba salir de aquel despacho. Solo necesitaba algo de aire fresco, eso era todo. Aun así, mientras se abría paso por aquella gigantesca mansión hacia el exterior, un pensamiento no dejaba de atosigarle: no encontrarían veneno alguno en el informe toxicológico.&lt;/p&gt;</description></item><item><title>Colmillo</title><link>https://blog.erizocosmi.co/posts/colmillo/</link><pubDate>Fri, 02 Oct 2026 09:00:00 +0100</pubDate><guid>https://blog.erizocosmi.co/posts/colmillo/</guid><description>&lt;p&gt;La primera vez que vi su sonrisa quedé prendado de sus colmillos. Unos colmillos afilados de depredador. No sabía en aquel momento, por supuesto, que aquellos colmillos serían mi fin y mi ruina.&lt;br&gt;&#10;En el club Peter Gabriel cantaba &lt;em&gt;«If looks could kill they probably will»&lt;/em&gt;. Algo que, por otra parte, terminaría siendo premonitorio. Me escurría entre la gente tratando de acercarme a aquel hombre, aquel joven que tanto me había cautivado. Estaba hablando con una mujer con el pelo oxigenado a lo Blondie que, por sus gestos, estaba flirteando con él. Normalmente, solía venir al club con Harry, Peter, Max y Ava, por lo que evitaba hacer cualquier tipo de movimiento que pudiese delatarme y descubrir ante mis conocidos los deseos que guardaba ocultos en lo más profundo de mi corazón y de mi carne, mis anhelos más secretos. Pero no aquella noche; había venido solo y nadie me conocía. Podía dar rienda suelta a mis fantasías. Ya a escasos pasos de aquella aparición divina de la que no conseguía apartar la mirada, por mi mente se sucedían una serie de escenas ficticias acerca de lo que podía suceder. Me plantaría frente a él, e invitaría a una copa, nos iríamos de aquel lugar tras bailar un rato y me desearía tanto como lo hacía yo. Nuestras miradas se encontraron y, por un instante, todo el mundo desapareció. Estábamos los dos solos en mitad de la pista de baile. Mi corazón desbocado y yo continuamos avanzando con firmeza hasta él, deslizándome entre la gente que había pasado a ser poco más que un decorado. Él se deshizo de la chica del pelo oxigenado con una sonrisa y palabras amables —supongo; no pude oírlas entre el ruido de la música y de la gente— y nos encontramos a medio camino. Volvió a sonreír y esta vez pude contemplar esos colmillos muy de cerca. El chico era atractivo, aunque no despampanante. No era la clase de chico que encontrarías en las revistas y que hacían suspirar a tantos al contemplar una belleza que no estaba a su alcance. Sin embargo, había algo en él. Algo casi hipnótico; una naturalidad y una belleza casual. No sabría decir de qué color eran sus ojos, estaba demasiado hechizado por el grácil movimiento de su boca, sus labios, sus colmillos. Le pregunté si le apetecía una copa; fue lo único que atiné a decirle, sumido en mi estupor. Él levantó la que llevaba en la mano, de la que todavía no había tomado ni un sorbo y se rio. Su risa era musical y cálida. Se acercó a mi oído y me susurró algo; jamás llegué a saber qué fue, pero, al retirarse, tenía una expresión traviesa en el rostro. Ahora en los altavoces sonaba &lt;em&gt;The Police&lt;/em&gt; &lt;em&gt;«Don&amp;rsquo;t stand so close to me»&lt;/em&gt;.&lt;br&gt;&#10;El intenso juego de miradas y sonrisas no tardó en convertirse en caricias e invitaciones. Me temblaban las piernas y me sudaban profusamente las manos. Nunca antes había hecho esto, no con tanta gente delante. Mis pequeñas incursiones en el mundo secreto de mis deseos solían ser solitarias, oscuras, envueltas en un halo de vergüenza y remordimiento nada más caía la cortina de la lujuria. Esto, en cambio, era totalmente distinto.&lt;br&gt;&#10;Me tendió una mano y, aunque vacilante y mirando a mi alrededor en busca de miradas reprobatorias que no llegarían, la cogí. Su mano estaba fría, eso sí lo recuerdo bien. No helada, pero tampoco caliente como debería haber estado en esta calurosa noche de verano en un local abarrotado de gente. Salimos del club y me notaba flotando en una nube de emoción y anticipación. Acabamos en un callejón donde no había nadie. Unos besos torpes, caricias animales, un encuentro entre mi lujuria y la suya, que no era tal. Mientras metía la mano en el interior de mis vaqueros noté su boca recorriendo mi cuello y sonreí, feliz, por haber dado el paso y haberme permitido esto. Noté el dolor punzante de sus colmillos desgarrando mi carne y la vida escapándoseme, pero no me moví. Exhalé mi último suspiro aun con una sonrisa en los labios.&lt;/p&gt;</description></item><item><title>Hojarasca</title><link>https://blog.erizocosmi.co/posts/hojarasca/</link><pubDate>Thu, 01 Oct 2026 09:00:00 +0100</pubDate><guid>https://blog.erizocosmi.co/posts/hojarasca/</guid><description>&lt;p&gt;Camino por las calles húmedas salpicadas de charcos en esta noche sin luna, con la única compañía de ese reconfortante ruido húmedo al pisar la hojarasca empapada por las lluvias del día. Son las dos de la mañana, puede que las tres, así que no me encuentro a nadie por el paseo que bordea el río. Quizás sea mejor así, no me fio lo suficiente de mí mismo para estar cerca de otras personas en este preciso instante. Además, si alguien me viese me tomaría por un perturbado; gritaría, saldría corriendo o llamaría a la policía. Tampoco les culparía, pues voy manchado de sangre seca de los pies a la cabeza. Todavía me queda algo entre los dedos y las uñas. Es posible que incluso en la comisura de los labios. No me he parado a limpiarme concienzudamente, estaba demasiado alterado y en shock para haber realizado un buen trabajo de limpieza tras el desastre que yo mismo había provocado.&lt;/p&gt;</description></item></channel></rss>