Volver al nido

Víctor se quedó escrutando fijamente los rostros de los asistentes a aquella reunión con una sonrisa complacida. Llevaba trabajando semanas en aquella presentación. Había dormido poco, había estado irritable y al borde de estallar cada vez que la cosa más nimia sucedía, pero había merecido la pena. Después de aquello, sin duda alguna, le concederían el ascenso que tanto había estado esperando. Entonces podrían permitirse pensar en comprar una casa en aquella ciudad. Solo esperaba que Daniela pudiese perdonarle la poca atención que le había estado prestando, encontrándose ella en el último mes de su embarazo, perdonarle las noches que se había pasado trabajando, las contestaciones bordes. Esperaba que entendiese que lo había hecho por ellos: por ella y por el pequeño Nico que estaba por llegar.
Antes de que alguno de los asistentes pudiese hacer alguna pregunta, la puerta de la sala de reuniones se abrió y entró Santi, el joven becario que siempre parecía pedir perdón con la mirada.
—Perdone, señor Fernández, tiene una llamada —dijo titubeando y todos se giraron hacia él.
Notó la irritación crecer dentro de él. ¿Por qué interrumpía una reunión así de importante por una tontería como una llamada?
—Ahora mismo estamos reunidos, que me llamen más tarde —contestó él.
Santi vaciló un instante y tragó saliva.
—Señor, es del hospital. Es urgente.
Odiaba los hospitales. Con sus pasillos repletos de gente, las mortecinas luces de los fluorescentes, el constante recordatorio de que la muerte acecha tras cada esquina. Golpeaba nervioso el mostrador blanco con los dedos, mientras una mujer con el pelo corto, pelirrojo, y unas gafas de pasta demasiado grandes consultaba los registros en el ordenador.
—¿Jiménez? —preguntó ella sin despegar los ojos del monitor.
—Sí, Daniela Jiménez.
Se lo había dicho ya tres veces.
—Habitación quinientos doce, tiene que… —No llegó a terminar. Él la cortó.
—Gracias —dijo secamente y se dio media vuelta. Él mismo encontraría cómo llegar.
Había ensayado numerosas veces durante el trayecto lo que iba a decirle a Daniela cuando llegase. Ahora todo aquello le resultaba estúpido, imperdonable. Le había llamado, le había escrito muchas veces y él ni se había enterado. Había decidido no llevarse el móvil a la reunión; no quería distracciones. En algún momento pensó que de todos los días había tenido que escoger aquel que tan importante era para él y se odió por pensarlo siquiera.
Salió del ascensor y enfiló el pasillo mirando uno a uno los números sobre las puertas. Quinientos diez, quinientos once, quinientos doce. Se detuvo, con el corazón desbocado, frente a la puerta. Lo peor que podía pasarles había sucedido y él ni tan solo había estado allí para ella. Había tenido que soportar todo aquello ella sola. El día que ella le había dicho que estaba embarazada, ambos fueron tan felices. Le parecía tan lejano aquel recuerdo, tan difuso.
Entró, finalmente, armándose de valor y se encontró con una habitación vacía. La cama deshecha, la luz apagada, sombras proyectadas por la luz grisácea que venía de fuera, bajo un cielo gris plomizo. Llamó a la puerta del baño por si estaba allí, pero no hubo respuesta. La abrió, pero tampoco había nadie. Le entró el pánico, la ansiedad. Salió corriendo al pasillo, hacia el mostrador que había en aquella planta.
Jadeante y sobresaltado, habló al hombre canoso y cansado que había allí, hablando con una compañera.
—Perdone, me han dicho que mi pareja estaba en la quinientos doce, pero no está allí. ¿Se la han llevado para algo?
Le dolió el gesto de pena en su rostro, de comprensión. Sabía de qué paciente se trataba, sabía lo que había sucedido.
—Déjeme comprobarlo.
Sin llegar a sentarse, desplazó el ratón por una vieja alfombrilla, hizo un par de clics y tecleó algo en aquel teclado amarillento. Alzó una ceja, extrañado.
—Qué raro, debería estar allí; tiene que ir la doctora a verla. ¿Está seguro de que ha mirado en la habitación correcta?
—Por favor, Daniela, cógelo —murmuró mientras daba vueltas arriba y abajo por aquel pasillo.
Esta vez el móvil parecía estar apagado. No podía hacerle aquello. Entendía su enfado, pero no podía hacerle aquello, no podía desaparecer. No en su estado; debería estar descansando en una cama de hospital.
Llegó una mujer con bata, médico seguramente, acompañada de un celador y uno de los vigilantes de seguridad.
—¿Ha logrado contactar con su mujer? —preguntó ella con impaciencia.
Él solamente negó con la cabeza, conteniendo las lágrimas que se agolpaban en sus ojos.
—¿Sabe adónde podría haber ido? Es importante que vuelva al hospital. En su estado no debería hacer esfuerzos; podría sufrir una hemorragia.
Había llamado a Herminia, la vecina mayor del tercer piso que siempre venía a pedir algo que se le había olvidado comprar con cualquier excusa para poder hablar con alguien; no había nadie en casa. Había oído la ambulancia llegar, había bajado con Daniela hasta el portal, una mano amiga acompañándola. Se había pasado el resto de la mañana pegada a la puerta, a la mirilla, por si volvía. Daniela no había vuelto.
—He llamado a una vecina y dice que allí no está.
—¿Alguna amiga o familiar a quien haya podido acudir?
—No, no tenemos familia aquí. Ya he llamado a sus amigas y ninguna sabe nada de ella desde hace días.
La doctora asintió, pensativa.
—Uno de los enfermeros dice que no paraba de decir que debía volver al nido cuando la llevaron de vuelta a la habitación. ¿Le dice algo?
El nido. Daniela siempre decía que algún día tendría que volver al nido, que uno no puede escapar de sus raíces, como si tuviese muy claro que algún día volvería al pueblo que la vio crecer. Víctor había creído que bromeaba. Ella, que siempre pedía comida a domicilio, que disfrutaba yendo al cine y de compras con sus amigas. Ella, la perfecta urbanita. Sabía que no se había portado del todo bien estas últimas semanas, que había estado distante cuando más lo necesitaba, pero aquello era demasiado. Irse sin decir nada, apagar el teléfono, desvanecerse.
Se había hecho de noche hacía ya una hora y aquellas carreteras estrechas, oscuras y serpenteantes le hacían sentir un desasosiego que no sabía explicar. No había visto ni un solo coche desde que se hizo de noche. Era como si estuviese él solo de camino a un lugar que no conocía, acompañado solamente por la estridente y monótona voz del GPS dándole indicaciones.
Iban a tener un hijo y no conocía el lugar del que venía Daniela, no conocía a sus padres, no conocía a su familia. Solo los había visto en fotos y oído hablar de ellos. Siempre había surgido algo cada vez que planeaban una escapada a su tierra. Ellos no van a venir, no les gusta la gran ciudad, entiéndelo, solía decir ella. Llevaban tres años juntos; quizás debía haber insistido más, haber hecho más por ir a conocerlos y conocer de dónde venía.
Los faros del coche iluminaron una señal al final de la recta. Solo faltaban cinco kilómetros. Llegaría, encontraría a Daniela y pasarían juntos el duelo. Le diría lo mucho que la quería y lo mucho que lo sentía. Quizás no querría perdonarlo y no la culparía por ello.
Estaba cansado de aquel paisaje opresor. La oscuridad, los árboles altos y retorcidos, la fina capa de niebla que cubría el lugar como una mortaja.
Otra señal le indicó que la siguiente salida era la suya, puso el intermitente, aunque no había ni un alma en aquella carretera, y la tomó. Era una carretera aún más sinuosa, con algunos baches, en mal estado. Se asustó al ver una enorme figura entre los árboles, pero se calmó al entender que se trataba tan solo de un tractor, dejado allí a la intemperie. Al fin llegó al pueblo bajo la luz cobriza de las farolas. Había una gasolinera a la entrada, así que puso el intermitente de nuevo y se desvió. El depósito estaba casi vacío y no había comido nada desde el desayuno. Tenía que echar gasolina y comer algo. Y evitar la situación un poco más, eso también.
Aparcó junto al surtidor más cercano, apagó el motor del coche y suspiró, cansado, antes de salir. Se encontró de bruces con un hombre bajo y ancho, con barba, gesto huraño y uniforme, y notó como si el pecho se le fuese a salir del pecho del susto. Podría haber jurado que no había nadie allí fuera antes de salir. Quizás no estaba detrás de uno de los surtidores y no lo había visto.
—¿Forastero? —preguntó el hombre con voz ronca y rasposa.
No le salían las palabras, así que asintió solamente.
—Ya me decía yo; aquí nos conocemos todos y no me suena su cara. ¿Cuánto? —y señaló con la barbilla en dirección al surtidor.
Sacó la cartera y miró cuánto llevaba; no se había parado a pasar por el cajero antes de salir y solo llevaba un billete de cincuenta.
—¿Tiene cambio de cincuenta?
—A estas horas no.
En vista de que no iba a ofrecerle solución alternativa, se resignó y le extendió el billete.
—Cincuenta, entonces.
El hombre se fue al interior de la gasolinera y el surtidor pitó poco después, indicando que ya podía usarlo. Cogió la manguera y empezó a llenar el depósito. El hombre volvía ahora junto con él, lo cual no le hacía mucha gracia.
—¿De visita? Aquí no viene mucho turista.
—Sí, de visita.
—¿Viene a ver a alguien?
—Sí, mi pareja es de aquí.
—¡Anda! ¿De quién es? —preguntó él, alegrando la cara.
—¿Perdón? —no entendió a lo que se refería con aquella pregunta.
—Que de quién es hija, hombre, qué va a ser —contestó airado, como si no lograse comprender qué no entendía de la pregunta.
—Su madre se llama Juana y su padre Salvador —así los llamaba ella, pero sabía que alguno de los dos tenía un nombre compuesto que no recordaba.
El hombre adquirió un gesto pensativo durante un momento y luego asintió con la cabeza repetidamente.
—¿Jiménez?
—Sí, esos mismos.
—Hace muchos años que no veo a esa chiquilla. Aquí en este pueblo cualquier día nos vamos a quedar solo los viejos. Todos los jóvenes se van por ahí fuera, a la ciudad. Es ley de vida; hay que salir del nido.
Víctor compuso una sonrisa como pudo mientras terminaba de llenar el depósito. El nido. Otra vez.
—Pero los hay que vuelven —dijo Víctor de forma impulsiva. No sabía por qué lo había dicho.
—Alguno vuelve, sí, y esos se quedan ya para siempre. A ver si se va a quedar aquí su Daniela, que no le veo yo a usted muy de pueblo —dijo el hombre entre risas.
—No lo creo —bromeó ahora él—, ella es más de ciudad. Bueno, muchas gracias por todo, muy amable.
—Francisco. Paco, el de la gasolinera, para que lo entiendan.
Víctor asintió y esbozó una sonrisa haciendo ademán de meterse de nuevo en el coche, pero a medio camino se detuvo y miró de nuevo a Francisco.
—Oiga, ¿sabe usted por dónde queda la casa de sus padres? Se le ha olvidado darme la dirección exacta y no debe quedarle batería en el móvil.
El buen hombre le dio las indicaciones gesticulando mucho, casi como si estuviese visualizando cada tramo del trayecto, y él le dio las gracias y se metió de nuevo en el coche. Al menos ya sabía cómo llegar.
Francisco golpeó un par de veces la ventanilla y lo hizo sobresaltarse. Tragó saliva y la bajó un poco.
—Tenga cuidado —dijo, ahora más serio y, tras lo que le pareció una eternidad, prosiguió—. Por la niebla, digo, este pueblo son todo cuestas y los mozuelos no paran de reventar las farolas a pedradas, los muy bandidos.
—Claro, gracias —contestó él, algo aliviado.
Conducía despacio por la calle principal. La niebla parecía haber amainado un poco nada más subir la pendiente que conducía al núcleo del pueblo. Iba mirando a un lado y a otro, las calles salpicadas de pequeños comercios, llenas de casas humildes. No se veía ni un alma por las calles, hasta que pasó junto a un parque con una estatua conmemorativa, unos bancos y algunos setos descuidados. En los bancos, y de pie, había hombres de entre cincuenta y quién sabe qué edad. Todos giraron sus cabezas para mirarlo, atentos y mudos. Sus cabezas miraban como si se tratase de lechuzas contemplando a su presa. Sintió alivio al dejar el parque atrás. Una mujer mayor, vestida toda de negro, salía de una tienda tirando de un carrito; se le quedó mirando muy fijamente, apretando un poco los ojos, tratando de discernir quién era aquel intruso. Víctor iba tan ensimismado en aquella señora que casi no llegó a tiempo de girar a la derecha un poco más adelante, siguiendo las indicaciones de Francisco. Podía ver cómo, un poco más allá, la calle terminaba y el asfalto se convertía en tierra y, más lejos aún, en una interminable extensión de olivos sobre un terreno ondulado.
La calle era amplia, de casas bajas; apenas había espacio junto a las aceras para aparcar. Pudo encontrar un hueco en una calle aledaña y paró el motor. Sujetaba el volante con fuerza, incapaz de salir. Eran solo los nervios, estaba demasiado alterado. Iría a ver a Daniela y todo se solucionaría. Estaba seguro de ello.
Se bajó del coche y avanzó por la calle bajo la luz ambarina de las farolas hasta el número dieciséis. Mientras inspeccionaba la fachada, se percató de la presencia de dos señoras frente a la casa de al lado cuchicheando entre ellas. Pudo notar sus miradas posadas en él, pudo oír sus susurros.
—¿Este quién es, Pepa? —preguntó una, que no dejaba de mirar a Víctor.
La otra hizo un sonido, algo parecido a un “huh”, dando a entender que ella sabía cosas que no decía.
—Seguro que el pájaro que ha preñado a la de la Juana, míralo qué andares de señoritingo. —Aquellos susurros destilaban desdén.
Ignoró a las señoras y llamó al timbre. No sonó nada, así que llamó un par de veces con los nudillos a la puerta metálica. Junto a la puerta había una pequeña ventana con las persianas echadas, pero, a través de sus rendijas, vio cómo se encendía una luz y oyó unos pasos acercarse.
La puerta se abrió un poco y pudo ver a una mujer que tendría unos cincuenta, con el pelo negro salpicado de blanco recogido. Vestía una bata de felpa y unas zapatillas de andar por casa.
—¿Quién es usted? ¿Le ayudo en algo? —preguntó ella, hablando tan rápido que casi no podía entenderla.
—Soy Víctor. ¿Está Daniela?
El rostro de la señora se iluminó de repente, enseñando sus dientes manchados por el tabaco, una sonrisa cálida, de madre. Abrió la puerta del todo y abrió los brazos.
—¡Ay, qué alegría! Que no te había reconocido, hijo, tan oscuro que está esto —lo envolvió con los brazos de forma cariñosa—. Pasa, hombre, no te quedes ahí. Ya pensaba yo que no te iba a traer nunca la Daniela. ¡Cualquiera diría que le da vergüenza!
Lo cogió del brazo y lo hizo entrar a un portal iluminando tenuemente que daba a un pasillo largo repleto de puertas. El portal y el pasillo estaban repletos de fotografías enmarcadas. Reconoció a Daniela en algunas; ella le había enseñado algunas fotos de su infancia, pero la mayoría eran desconocidos.
—Pasa, hijo, que no mordemos —le dijo con una sonrisa, haciendo un gesto para que entrase.
—¿Está Daniela? —atinó a preguntar él. Aún no le había respondido.
—Hombre, pues claro. ¿Dónde se va a ir, así hinchada como una pelota? Mira que le dije que tenía que venirse, que tenía que volver aquí para tener al crío. Que una como en su casa en ningún sitio para estas cosas. ¿Dónde va a parar?
Seguía la mujer hablando y gesticulando mientras recorría el pasillo y él la seguía, en dirección hasta un salón oscuro, sin ventanas y lleno de mobiliario. Arrellanado en el sofá tras la mesa camilla había un hombre alto y recio, con barba de un par de días y entradas. Miraba, como hipnotizado, el televisor.
—¡Salvador, mira quién ha venido! Este hombre, todo el día pegado a la tele, le va a dar un algo cualquier día.
El hombre miró a Víctor y esbozó una sonrisa. Se levantó entre quejidos del sofá y rodeó la mesa para ir a palmearle el hombro y estrecharle la mano.
—¡Hombre, por fin! Pensaba yo que llegaba mi nieto y aún no conocíamos al padre.
Intentó sonreír y asentir. No entendía nada. ¿Es que no sabían que Daniela había perdido al niño?
—¿Has comido algo, hijo? ¿Te caliento algo de la cena? —preguntó ella, con un destello de ternura en los ojos.
—No, gracias, no tengo hambre. —Era mentira, estaba hambriento. Al final no había comprado nada en la gasolinera.
—Estará cansado, mujer. Déjalo que descanse, después de todas esas horas de coche. Ahora te prepara mi mujer una cama.
—¿Podría ver a Daniela?
Ambos se miraron; sus sonrisas se borraron al instante.
—Mi Dani está durmiendo, que estaba muy cansada del viaje, la pobre. Ya mañana más tranquilamente os veis. Te preparo aquí abajo la cama en el cuarto de invitados.
—¿Daniela está bien? ¿Os ha contado lo de esta mañana?
El padre asintió enérgicamente.
—Estupendamente. Si es que ha sido llegar y como nueva, en casa como en ningún sitio; no veas las patadas que pegaba el crío.
Le dio un vuelco el corazón. En el hospital le habían dicho que había perdido al niño, que no habían podido hacer nada.
Fuera había empezado a soplar un fuerte viento, que era el único ruido que se escuchaba en aquella silenciosa casa. Cansado y obediente, había accedido a dormir allí antes de ver a Daniela; quizás le vendría bien dormir antes del encuentro. Se quedó mirando al techo, sin poder dormirse, durante un buen rato hasta que, al final, el cansancio del día se apoderó de él y se quedó dormido profundamente.
Entonces, oyó algo que le hizo sobresaltarse y lo sacó de su sueño. Un llanto de bebé. Un llanto desconsolado, agudo y penetrante. Se levantó y, descalzo todavía, se aventuró en el pasillo a oscuras. El suelo de baldosas estaba helado; cada mueble desconocido era una sombra por la que se le antojaba estar siendo observado, que parecía moverse cuando no miraba. Encontró a tientas la escalera y se sujetó al pasamanos mientras ascendía. El llanto venía de arriba. Torció a la derecha nada más subir y vio una puerta al fondo, vio la luz cálida bajo la rendija inferior y se acercó despacio, sin hacer ruido. Tomó el pomo y lo giró con cuidado, contemplando el interior. De las paredes blancas, tintadas de naranja y amarillo por las lámparas de mesa, descendían ríos de sangre. La cama en el centro de la habitación estaba cubierta también de sangre y, sobre ella, una mujer desnuda con un bulto que lloraba en brazos. La mujer lo miró a través del pelo oscuro echado hacia adelante y reconoció el rostro de Daniela.
—¿No quieres coger a nuestro hijo? —dijo ella con una sonrisa, con los ojos demasiado abiertos.
Se acercó y vio lo que tenía en brazos. Aquello tenía plumas, garras, una infinidad de ojos. Escuchó más y más fuerte su llanto hasta que pensó que le iba a estallar la cabeza.
Se levantó empapado en sudor, jadeando, con el corazón desbocado, y miró el reloj del móvil: solo eran las seis de la mañana. Se llevó las manos al rostro intentando borrar de su cabeza el horrible sueño que había tenido. Ya no pudo volver a dormirse. Volvió a intentarlo; le envió un mensaje a Daniela. No hubo respuesta. Se volvió a tirar en la cama, mirando al techo. Se le había quedado mal cuerpo después de aquel sueño que parecía tan real.
Alguien llamó a la puerta y, tras unos segundos, la abrió. Era Juana, con su mejor sonrisa, el pelo despeinado de acabar de levantarse y envuelta en la misma bata de la noche anterior.
—¿Te ha pasado algo? Dice mi marido que le ha parecido oír un grito.
—No, no me pasa nada. Era solo una pesadilla —respondió él.
—Mi Daniela ya se ha despertado, ya se encuentra mejor, por si quieres verla.
Víctor se puso de pie con rapidez y salió descalzo, pero la mujer frunció el ceño y se le puso delante.
—Chiquillo, ponte unas zapatillas o algo que vas a coger un resfriado con el frío que hace —dijo volviendo a sonreír.
Subió al piso de arriba, donde dormía Daniela, y todo le resultó extraño. Nunca había estado en esa casa, pero todo le parecía idéntico a lo que había visto en su sueño. Las escaleras, el pasillo, la puerta al fondo con la luz bajo la rendija. Vaciló un momento antes de abrir la puerta. No pasa nada, se dijo, no pasa nada. Entró.
Daniela estaba algo adormilada, recostada contra el cabecero de la cama. No había sangre en las paredes ni en la colcha. Solo fotos de ella a través de los años pegadas en un corcho, una estantería llena de libros y un armario con pósteres. Ella lo miró avergonzada.
—Siento no haberte dicho nada, tienes que haberte llevado un susto de muerte —dijo con un tono inocente y dulce teñido de culpa.
Él se movió hacia ella y la envolvió en un abrazo. Estaba allí y estaba bien, eso era lo importante. Lo único que importaba. Notó algo, un golpecito que provenía de ella, de su tripa. Se alejó un poco y miró desconcertado. No se había fijado con la cocha. Seguía teniendo el vientre tan abultado como la última vez que la había visto. La miró, sin poder decir nada. No podía ser. En el hospital le habían dicho… ¿Quizás había entendido mal? Quizás Nico seguía ahí dentro. Puso una mano sobre su vientre y notó otra patadita, que hizo a Daniela sonreír.
—Sabe que su padre está aquí, no para de dar patadas esta mañana.
—En el hospital me dijeron que… pensaba que tú… —Estaba demasiado sobresaltado como para decir nada coherente.
—Todo está bien. Nuestro hijo está bien —contestó ella, apoyando un dedo en los labios de Víctor.
Él se sentó de nuevo en la cama, más aliviado.
—¿Entonces por qué te fuiste así, sin decirle nada a nadie?
—Tenía que volver. Ese susto me hizo darme cuenta de dónde debería estar, de dónde debería nacer él —se tocó el vientre con ambas manos, con un tierno y protector gesto—. Tiene que nacer aquí, donde están sus raíces. No puede ser de otra forma. Ya me lo dijo mi madre cuando le conté que estaba embarazada. Ya te darás cuenta, me dijo, cuando llegue el momento.
Él asintió. No entendía nada, pero asintió; le daba igual todo en aquel momento si ellos estaban a salvo.
—Siento haber fastidiado tu reunión, sé lo mucho que llevas trabajando para ganarte ese ascenso —dijo ella bajando la mirada, algo triste.
—No te preocupes por eso. Que le den a la reunión. Que le den al ascenso. Vosotros sois más importantes. Yo sí que siento no haberme dado cuenta antes de qué era lo importante de verdad.
Se tomaron las manos y permanecieron allí durante un rato, hasta que la cama empezó a tornarse húmeda y Daniela lo miró con decisión.
—Ya viene.
Víctor no paraba de dar vueltas pasillo arriba y pasillo abajo. La casa estaba llena, claro, después de correrse la noticia. En la puerta había varias vecinas hablando entre ellas en bajito. En el salón hablaban muy alto Salvador, el hermano de este, y su cuñado, Pedro. No sabía mucho de Pedro; Daniela no hablaba mucho de él. Solo sabía que se había ido a trabajar fuera hace unos años, pero acabó por volver al pueblo poco después.
Daniela había insistido en que saliese de la habitación y llamase a su madre, quien, a su vez, lo mandó a llamar a la vecina, que llamó a una tal Antonia que había ayudado a traer a muchos bebés al mundo y sabía lo que se hacía. En medio de aquella vorágine, a nadie se le ocurrió siquiera mencionar llevarla a un hospital.
Le picaban mucho los brazos, los tenía completamente rojos, como de algún tipo de sarpullido, y no sabía si eran los nervios, el estrés o que no podía parar de rascarse. Ahora también le picaba el cuello.
Desde el piso de arriba se oyó un grito más alto y más hondo que los demás y todo el mundo se quedó en silencio. Después, un llanto, un bebé. Entonces las conversaciones se reanudaron, ahora alegres, llenas de dicha. Enfiló escaleras arriba, incapaz de quedarse un momento más allí, al margen. Recorrió el mismo pasillo de su pesadilla hasta esa puerta al fondo y entró a la habitación, en la que flotaba un olor metálico a sangre y a sudor. Había toallas manchadas sobre la cama, que Antonia y Juana estaban recogiendo. Daniela sonreía, estrechando un bulto envuelto en una manta entre sus brazos. Cuando se percató de su presencia, lo miró, llena de amor y ternura.
—Ven a conocer a Nico —le dijo ella, feliz, pero cansada.
Se acercó a la cama y las mujeres le dejaron espacio. Destapó al niño para verle el rostro y quitó la mano como si de metal al rojo vivo se tratase. Se echó hacia atrás y cayó al suelo de culo, reculando hasta la pared, completamente aterrorizado. Aquello no era un niño. Tenía plumas. Tenía pico. Tenía garras. Empezó a balbucear, sin saber qué hacer, qué decir.
Dirigió su mirada a las mujeres, Antonia y Juana, y vio ojos redondos y oscuros, picos y sus cuerpos cubiertos de plumas, enormes aves de pesadilla, una macabra imitación de ser humano emplumado. Gritó. Miró a Daniela, que no le quitaba los ojos de encima, con gesto inexpresivo. Vio cómo puntitos en su carne empezaban a supurar sangre y, de ellos, emergían plumas. Vio cómo su sonrisa se transformaba de forma grotesca en un pico, cómo sus ojos se hundían y se convertían en orbes de negrura. Gritó. Gritó. Gritó.
Despertó sobresaltado en la cama de la habitación de invitados, con el corazón acelerado. Otra pesadilla. Solo había sido otra pesadilla. Se levantó de nuevo y volvió a sentir las frías baldosas en las plantas de sus pies. Es el susto, se decía, es el estrés.
Salió al pasillo de nuevo y miró a ambos lados; parecía despejado. Rebuscó en el bolsillo y encontró allí su móvil: eran las nueve de la noche. ¿Tanto rato había dormido? Se dirigió al salón y encontró a Salvador cabeceando en el sofá, la televisión encendida sin volumen como única iluminación de la estancia. Oyó un gemido al otro lado del salón, un breve llanto, y caminó en esa dirección, con los nervios a flor de piel. Encontró allí, tras abrir la puerta, una cocina. Bajo la luz fría de un fluorescente, estaba Daniela sentada en una mecedora y su madre terminando de preparar un biberón.
—¡Anda que menuda ayuda estos hombres de ciudad! Un poco de sangre y se desmaya. Pues estás bueno, hijo —dijo la mujer, mientras pasaba por delante y le llevaba el biberón a Daniela. La leche tenía un color extraño, oscuro. El niño, hambriento, empezó a alimentarse. Ella sonreía, feliz de verlo vivo, de verlo sano, de ver cómo comía. Él se acercó, con cautela, y esta vez solo vio a un precioso niño, colorado e indefenso, y unas lágrimas se le escurrieron por las mejillas.
—Mira que es guapo, ha salido a su madre —dijo Juana con orgullo—. Qué hambre gasta el crío.
Le pasó una mano por el hombro, de forma cariñosa, y dejó allí solos a los padres de la criatura. Víctor cogió una silla y se sentó al lado de ambos, contemplando maravillado la escena. Le rozó la mejilla con los dedos, despacio, suave. Parecía tan frágil, tan pequeño.
—Es precioso —dijo él al fin.
—Sí que lo es. Mi madre dice que se parece a mí, pero yo creo que tiene tu cara y tu nariz.
—Debo ser el peor padre del mundo. Casi pierdes al niño y no estuve ahí. Has dado a luz y lo único que he hecho ha sido estorbar.
Ella le cogió la mano y puso los ojos en blanco.
—Mira que eres dramático. Te has desmayado, ya está. No le des más vueltas. Menudo susto nos hemos llevado cuando te has puesto a gritar. Parecía que estuvieras poseído.
Vaciló; no sabía si decirle la verdad o no.
—Es que me pareció ver… No importa. Debe ser el estrés y el cansancio, eso es todo.
Se remangó el jersey; no paraba de picarle el brazo. Tenía la piel de gallina y colorada.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella. Nico seguía chupando de aquel biberón.
—Me pican mucho los brazos y el cuello. ¿No es muy oscura esa leche del biberón?
Daniela se rio.
—Claro, es que no es leche, son gusanos.
Abrió los ojos como platos y se echó para atrás en la silla.
—¿Qué has dicho?
—Que tiene el color normal de la leche —contestó con gesto extrañado—, ¿seguro que estás bien?
El bebé ya había terminado de engullir hasta la última gota, así que Daniela dejó en la mesa el biberón.
—¿Quieres cogerlo?
Asintió, aún un poco desconcertado. Le pareció que se iba a romper en cualquier momento nada más cogerlo. Daniela tuvo que ayudarle un poco; no sabía bien ni cómo cogerlo. Ella parecía feliz contemplándolos.
—Víctor, he estado pensando. ¿Y si nos quedamos aquí? Mis padres podrían ayudarnos con el niño y no estaríamos tan solos allí en la ciudad.
—Pero, Daniela, los dos tenemos trabajos. ¿Qué haríamos con el contrato de alquiler? Siempre dices que aquí apenas hay trabajo.
—Tenemos algunos ahorros para aquel viaje que nunca llegamos a hacer. Seguro que encontramos algo. Podemos ser muy felices aquí, como mis padres.
Se quedó pensativo, sosteniendo a su hijo en brazos. ¿Podía dejarlo todo atrás y empezar una nueva vida allí, lejos de todo cuanto había conocido, con su familia?
Eran las doce de la noche y estaban juntos durmiendo en aquella cama estrecha que había sido la cama de Daniela durante su adolescencia y sus primeros años de juventud. El niño dormía plácidamente junto a ellos en una cuna que Salvador había rescatado del trastero. Podría acostumbrarme a esto, pensaba mientras caía en las garras del sueño.
Se despertó un par de horas más tarde, con los gritos desesperados del niño, que se le figuraban mazazos en las sienes. Aprovecha ahora que luego no vas a dormir nada, le habían dicho todos en la oficina. Se frotó los ojos y se incorporó, pero Daniela ya había acudido a acallar al pequeño; no se había percatado de que ya se había levantado. Cuando posó su mirada sobre los dos, iluminados muy tenuemente por una lámpara sobre la mesilla, no comprendió lo que veía. Daniela sonreía y masticaba, una y otra vez mientras el pequeño se retorcía y abría la boca como quien lucha por una bocanada de aire. Entonces Daniela abrió la mandíbula y un mejunje marrón cayó a la boca del niño, que tragó con avidez.
—Qué hambre tiene este niño siempre —decía ella mientras volvía a coger algo y metérselo en la boca. Gusanos vivos.
Le sobrevino una arcada y tuvo que salir deprisa y corriendo hacia el pasillo, tambaleándose en busca de un cuarto de baño. ¿Cuál había dicho Juana que era la puerta del baño del piso superior? No lo sabía, le daba igual. Finalmente, lo alcanzó instantes después, a tiempo de abrir la tapa del inodoro para vomitar una sustancia de olor agrio con restos de la cena. Se quedó un rato así, de rodillas sobre el inodoro, jadeando. Quizás se estaba volviendo loco. O quizás eran el estrés, los nervios y el cansancio. Solo se trataba de eso, nada más.
Se levantó y se dirigió al lavabo para echarse agua en la cara. Se encontró a su reflejo devolviéndole la mirada en el espejo. Tenía ojeras y estaba pálido. Parecía tan cansado. Notó un dolor punzante en los dientes y se llevó la mano a la mandíbula. Algo cayó al lavabo: un diente dejando una pequeña mancha de sangre. Se asustó, empezó a temblar. Otro diente. Y otro. Y otro más. Se miró al espejo y vio cómo su mandíbula crecía hacia adelante y se convertía en un grotesco pico, cómo sus ojos se hundían y se convertían en orbes oscuros. La piel le ardía, le picaba tanto que quería arrancársela. Con horror observó cómo de su piel emergían espinas. No, no eran espinas. Eran plumas. Se echó hacia atrás y trastabilló, contemplando una última vez la imagen grotesca de sí mismo, si es que quedaba algo de él en el reflejo, y cayó de espaldas. Se dio un golpe en la cabeza que lo dejó aturdido unos instantes y, cuando recuperó el sentido y la visión, vio sus manos. ¡Sus manos, sin plumas! Se enderezó como pudo y miró al espejo. No había rastro de ninguna de las extrañas transformaciones que había visto en su cuerpo. No había sangre ni dientes en el lavabo.
—Me estoy volviendo loco —sollozó, abriendo el grifo del agua para refrescarse.
—¿A dónde vas? —dijo Salvador, con una barra de pan bajo el brazo, en dirección a la casa.
Víctor se giró hacia él y trató de componer una sonrisa.
—A que me dé un poco el aire; voy a dar una vuelta por el pueblo.
—Esto no es muy grande, perderte no te vas a perder. Además, así vas conociendo a la gente —comentó riéndose de un chiste del que Víctor no era parte—. Pronto serás uno de nosotros. —Aquello último lo había dicho con un tono más siniestro, o quizás era imaginación suya.
Se despidieron con un gesto de cabeza y él continuó su marcha por las calles de aquel pequeño pueblo. Qué tranquilo era todo. Niños jugando en un parque que se quedaron mirándole al pasar, una señora mayor barriendo la acera frente a su puerta, que le seguía con la mirada mientras continuaba con su tarea, con una expresión de desconfianza.
Llegó a la calle principal o, al menos, la que parecía más grande, aquella por la que había bajado hacía dos días. Llevaba ya casi dos días allí y se le antojaban, a la vez, meses y unas pocas horas. Oía conversaciones a su alrededor, pero no las escuchaba, no les prestaba atención. Veía entrar y salir gente de los pequeños comercios. Notaba todas las miradas puestas en él, como aves de presa al acecho. No eres de aquí, parecían decirle todos sin articular palabra, no eres uno de nosotros. Se quedó mirando a una señora de nariz aguileña con una sonrisa que le hacía sentir incómodo. La sonrisa se curvó y todo su rostro se retorció. Un parpadeo después, aquella mujer estaba cubierta de plumas, tenía pico y graznaba. Otra vez. Otra vez lo mismo. Miró a un lado y a otro. Ya no había allí nadie normal, nadie como él. Todos eran como la mujer. Todos convertidos en esa aberrante mezcla entre ser humano y pájaro. Echó a correr entre jadeos. No sabía muy bien hacia dónde; no conocía el lugar. Un vistazo atrás le bastó para comprobar que lo seguían todos aquellos desconocidos, todos aquellos monstruos salidos de los rincones más oscuros de su mente o, quizás, de sus pesadillas. Batían las alas, pero no echaban a volar. Graznaban, una cacofonía que le perforaba los tímpanos. Cada vez había más. Mientras corría, se imaginaba viéndose a sí mismo desde arriba, perseguido por una ola de aquellos seres emplumados.
Tropezó con el bordillo del parque y rodó por el suelo. Se puso de rodillas para levantarse, pero era tarde, estaba rodeado. Los sonidos que emitían aquellas cosas no le dejaban pensar. Quedó boca arriba, viendo cómo el círculo se cerraba y aquellos rostros imposibles estaban cada vez más y más cerca del suyo. No entendía lo que decían, no les entendía. Entonces, cesaron y se quedaron muy quietos.
—Ahora eres uno de nosotros —dijeron todos en coro.
Se tapó los ojos con las manos y gritó. Al retirarlas vio que estaba rodeado, sí, pero por un círculo de hombres y mujeres con expresión preocupada. Se miraban entre ellos, confundidos.
—Chico, ¿estás bien? —preguntó una señora—. ¿Llamamos a una ambulancia?
Él se levantó, jadeando y con el corazón a punto de salírsele del pecho, con la ayuda de la mano de un hombre. Una mano curtida por los años de duro trabajo en el campo.
—No, gracias. Solo me he tropezado y me he caído.
—¿Seguro? Si quieres, podemos llevarte a ver al médico, que te eche un ojo —sugirió el hombre que le había ayudado a ponerse en pie.
—No, de verdad. Estoy bien. Ha sido solo un tropezón. Tengo que volver.
—Si necesitas algo, solo tienes que decirlo. Ahora eres uno de los nuestros.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Victor, asustado.
El hombre le devolvió una mirada extrañada.
—No he dicho nada.
Echó a correr en dirección a casa sin mirar atrás.
Estaba empapado de sudor y al borde de un ataque de nervios cuando entró en la habitación y cerró la puerta, apoyando la espalda en ella.
—¿Qué te pasa? Parece que has visto a un fantasma —preguntó Daniela, que contemplaba al niño dormir.
—Creo que me estoy volviendo loco, Daniela. No paro de ver cosas. Cosas que luego no están ahí un momento después.
Trataba de ordenar sus pensamientos, pero no lo lograba. Quería contárselo, pero no sabía cómo sin acabar durmiendo aquella noche en un hospital psiquiátrico. Ella le tomó la mano y le invitó a sentarse junto con ella sobre la cama.
—¿Qué has visto? —En la expresión de Daniela ahora había curiosidad.
—Es una locura, Daniela. He visto a la gente convertirse en… ¡En pájaros! ¡Pájaros enormes, que gritaban! Y… luego no estaban ahí. Te vi a ti, vi al niño. Me vi a mí mismo anoche convertirme en eso. Esto no es normal.
—Claro que es normal, amor mío —dijo Daniela, con una nueva sonrisa comprensiva en sus labios—. Te acostumbrarás. Ahora tu sitio está aquí, con nosotros. Eres uno de los nuestros.
Víctor se levantó de la cama como un resorte y dio unos pasos hacia atrás hasta golpearse en la espalda con la puerta.
—¿Qué estás diciendo, Daniela? ¡No me tomes el pelo, esto es muy serio!
Daniela también se levantó, con los ojos decididos. En el transcurso de aquel movimiento, lo que había allí ahora era un ave de plumaje oscuro que se abalanzaba sobre él. No podía ni moverse, estaba completamente aterrorizado.
Era domingo. Uno de esos domingos de invierno en los que el sol calienta de forma tan agradable. Iban calle arriba, él y Nico, que ya andaba. Sus patitas dejando huellas en la acera tras pasar un charco, sus plumas entrelazadas. Se pararon frente a la panadería de Marcial y saludaron con una sonrisa a Carmen, la de la pescadería, y María, su vecina. Ellas graznaron con júbilo.
—¡Míralo, qué grande está ya! ¡Está hecho un hombrecito! —dijo Carmen, y se agachó para mirarlo bien con aquellos ojos pequeños y oscuros, como botones.
—Cuando menos lo esperéis, este alza el vuelo y se os queda el nido vacío —graznó María, entre risas.
Víctor miró a su hijo, con sus plumas de color azabache con destellos azulados, igual que las suyas. Todo el mundo le decía, desde que nació, que se parecían mucho. No era capaz de imaginarse, en aquel momento, un futuro en el que aquel pequeño pajarillo, que había nacido fruto de su amor con Daniela, echase a volar él solo y las líneas rectas que eran sus vidas divergiesen.
—Para eso todavía queda mucho, María. ¿Verdad, Nico?
El niño asintió enérgicamente y Víctor se fijó en que las mujeres se enderezaban y miraban con suspicacia algo detrás de él. Se giró también para ver de qué se trataba y vio un coche circulando despacio calle abajo. Dentro, en el asiento del copiloto, iba una joven que no tendría todavía los veinticinco. Sus miradas se cruzaron y, tras un parpadeo, la vio cambiar. La vio cubrirse de un plumaje pardo con motas blancas. Quien no cambió fue el hombre que iba conduciendo. Un hombre que debía ser de la misma edad que la chica, con un corte de pelo de aquellos tan modernos que llevaban los jóvenes que se veían por la televisión.
—Parece que la hija de Paqui vuelve al nido —decía Carmen a su espalda.
Víctor también miró al hombre con suspicacia, con desconfianza. No era uno de ellos. Todavía.