Marie removió el vino en la copa y lo olfateó antes de probarlo. Estaba delicioso. El mejor vino que había probado nunca. Y eso que, trabajando en el sector, había probado muchos a lo largo de su vida. Dejó la copa y continuó con el tour siguiendo al guía y al resto de los visitantes por las instalaciones de la bodega. Marie no había venido solo para hacer turismo y probar algunos vinos. Estaba allí para averiguar qué diantres hacían en esa bodega, cuál era su truco. Es decir, espionaje industrial. Hacía años que esta bodega había pasado de tener un vino mediocre a fabricar el vino más cotizado del mercado. Ya habían intentado robar algunos esquejes de sus viñas y plantarlos para comprobar si se trataba de la variedad de uvas que cultivaban. Curiosamente, todos los esquejes se habían malogrado al poco tiempo de sacarlos de su lugar de origen. Así que, tras muchos otros intentos fallidos de averiguar la milagrosa transformación del vino que estaba teniendo lugar en aquella bodega, allí estaba Marie, la última esperanza de su empresa para descubrirlo.

Se comportaba como una turista más, lanzando exclamaciones de sorpresa y asintiendo con la cabeza a todo lo que el guía iba diciendo, como si le resultase sumamente interesante, aunque realmente sus cinco sentidos estaban puestos en encontrar cualquier cosa que estuviese fuera de lugar. Iba rezagándose cada vez más, sin llamar la atención. La ocasión perfecta se le presentó cuando el grupo torció hacia la derecha en una esquina nada más pasar una puerta con un cartel que vetaba el acceso a cualquier persona no autorizada. Sacó de su chaqueta la tarjeta falsa que se había procurado y actuó con naturalidad ante las miradas de los trabajadores con los que se cruzaba. Trabajaban tantas personas allí que nadie la miraría dos veces y mucho menos se preguntaría qué hacía allí.

Recorría pasillos, giraba y giraba, bajaba y subía escaleras, pero nada de lo que veía le resultaba extraño. Tal vez no había gato encerrado y aquella misión absurda lo único que le iba a traer eran problemas; había logrado colarse, pero tal vez no tuviese tanta suerte para salir de allí.

Entonces, al girar una esquina, se topó de bruces con un par de hombres con bata blanca por el pasillo. Se apresuró a resguardarse de nuevo tras la pared y lanzó una mirada furtiva mientras los hombres introducían un código en la puerta. Aguardó un tiempo prudencial a que hubiesen cruzado y luego se acercó a la puerta e introdujo en el panel los mismos números que había visto marcar a aquellos hombres. El panel se iluminó con un resplandor verdoso y la puerta se abrió.

Hacía bastante frío en aquella zona. Marie caminaba en tensión, con los nervios a flor de piel. El corazón le daba un vuelco cada vez que oía algo, pensando que era alguien que la había atrapado allí con las manos en la masa. No sabía hacia dónde estaba yendo y empezaba a pensar que se había perdido. Llevaba un buen rato andando. Si la intuición no le fallaba, debía de estar muy lejos del complejo por donde había entrado, quizás en algún punto bajo los viñedos. Encontró un ventanal y se asomó con cautela. Al principio no entendió qué era lo que veía. Del techo crecían unas gruesas raíces nudosas que se extendían hasta el suelo donde se retorcían y se unían hasta formar gruesos bultos.

Siguió la cristalera hasta encontrar una salida a una pasarela superior en la que poder observar todo aquello más de cerca. No eran bultos, eran… seres. Aquellas raíces se entremezclaban con los cuerpos seres bulbosos de una carne oscura que dormitaban y se agitaban en el suelo húmedo de aquella estancia cavernosa. Varios operarios con batas y guantes les alimentaban con vísceras de un cubo. Los seres masticaban y tragaban con sus bocas llenas de colmillos como alfileres.

Marie se sobresaltó al ver todo aquello. No era posible, nada de aquello era posible. No tenía ningún sentido. No comprendía, no lograba entender qué era lo que estaba viendo, porque sus ojos no podían estar mostrándole la verdad. Era imposible. Retrocedió temblando; tenía que irse de allí. Notó una mano en un hombro y gritó. No llegó a ver quién le propinó el golpe en la cabeza.


Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.