Dicen que hay algo en los montes, algo silencioso como un gato que se acerca sin que te des cuenta y no deja tras de sí más que cuerpos mutilados, escenas que quitan el aliento y que verás el resto de tu vida en tus pesadillas. Y es verdad que aquellos que van al monte buscando ajusticiar a aquellos que echaron de sus casas, de sus pueblos, vuelven con el miedo metido dentro, muy hondo, como un frío que no te puedes quitar por más mantas que te eches. Eso si vuelven, porque no todos vuelven. A algunos los alcanza eso que vive allí arriba, entre los árboles, los ríos, las cuevas y los animalillos; esos no vuelven.
No todos creen que sea real, otros dicen que son los republicanos que quedan todavía ocultos, con la rabia corriéndoles por las venas, que se cobran su venganza bien cobrada cuando logran echarle mano a esos perros que van buscando, fusil en mano, cazarlos y darles muerte. Yo sí que sé lo que hay ahí arriba, porque lo he visto, con estos dos ojillos míos, y todavía se me pone la piel de gallina y se me encoge el alma cuando lo recuerdo.
Fue una noche calurosa de agosto cuando lo vi. Había ido a coger frutos de una higuera que había en un cortijo abandonado, cerca del río, y se me había ido el santo al cielo. Me había perdido, fíjate, yo que había vivido allí toda la vida y conocía cada rincón del pueblo y sus alrededores como la palma de mi mano. Había ido por la tarde, pero el cielo mudó su piel y la tarde se hizo noche, casi sin luna, y me vi perdida por allí entre árboles y arbustos, lejos de mi casa. Escuché un crujido y por poquito no se me sale el corazón corriendo tráquea arriba hasta hallarse libre de lo que me entró. Porque desde que empezó la guerra, oír un ruido en mitad de la noche cuando una está sola no era buen portento. No lo había sido nunca, porque una era mujer y siempre andaba rodeada de lobos con piel de cordero, pero por entonces lo era aún menos. Cuando una tiene miedo puede detenerse y plantar cara o echar a correr como ánima que lleva el diablo. Aunque, a veces, una se detiene, pero porque no puede moverse y no le queda otra que quedarse allí clavada como si se te hubiese hecho la carne de piedra. Con los ojos hechos a la noche vi el camino que tanto rato había estado buscando, aunque más que alivio me produjo congoja, porque por él venía una figura. Un hombre, un chiquillo que no tendría ni veinte, vestido de soldadito con su fusil al hombro. Se quedó quietecito junto a un olivo y me vio.
—Es muy tarde, anda a recogerte para la casa. Por aquí andan rondando esos traidores que no tienen ni una intención buena.
Era incapaz de responder, apretada y estrujada por las garras del miedo como estaba.
—¿Te ha comido la lengua el gato? Ven conmigo, que te llevo de vuelta —dijo él, con la voz melosa y empezó a acercarse.
Para cuando llegó hasta donde estaba temblaba como un flan. Estaba oscuro, pero podía ver sus dientes blancos tras una sonrisa tramposa de zorro. Me tocó el hombro con delicadeza y bajó un poco el tono.
—Anda que si no llego a encontrarte yo aquí, a saber qué te hubiese pasado.
La mano descendió por el brazo y a mí me subían los siete males por el cuerpo, porque una no es tonta y sabe leer entre líneas y saber lo que quieren los hombres. Lo aprendemos desde chiquititas, porque es una cuestión de supervivencia. De repente mis extremidades ya no eran piedra y salí corriendo, sintiéndome gacela. A dónde, no lo sabía, pero no allí, porque él era un soldado y yo la hija de un traidor fusilado. Desde que comenzó la guerra ya no había leyes, o si las había solo protegían a algunos, y yo no era de parte de esos.
Corrí por el bosque hacia el monte, cruzando el río, arañándome con las zarzas, golpeándome con las ramitas que me saludaban en mi carrera hacia la salvación. Y mientras corría le pedía a la virgen que me guardase y me pusiese a salvo, que me protegiese. Y, sobre todo, que no me hubiese reconocido, porque a la mañana tendría que volver al pueblo y aquel animal con camisa y botas volvería a por su presa antes o después. Los depredadores rara vez dejan a su presa escapar una vez le echan el ojo. Perdí la noción del tiempo, se hizo sopa espesa a mi alrededor; igual fue una hora, diez segundos o tres vidas. No sabía dónde estaba entre tanta negrura, los pulmones me ardían y mis piernas se quejaban fatigadas con cada paso que daba. Yo sabía que me seguía, que lo llevaba detrás; podía oírlo correr detrás de mí y llamarme, cada vez más enfadado y sabía que si me cogía no viviría para ver amanecer.
Tropecé con algo y caí de bruces, arañándome las manos y con el tobillo dolorido mientras daba vueltas y rodaba entre hoja, rama y tierra húmeda. Veía algo moverse, acercarse, y quise que la tierra me tragase para ahorrarme lo que me aguardaba. Entonces vi otra cosa, que no había oído porque algo así no tiene que anunciarse cuando se mueve por la noche. No era el lobo que me perseguía, era un hombre flaco, con la ropa sucia llena de tierra. Al principio pensé que sería uno de los republicanos que aún presentaban batalla, ocultos en el monte, luego lo miré a la cara y vi que no, que tampoco, que hombre vivo no era. Llevaba una máscara hecha de carne mal cosida, hecha con la carne de otros y dos grietas donde deberían estar sus ojos, aunque al otro lado solo había dos pozos negros como la brea. Aquella máscara se volvió lentamente hacia mí y nos quedamos allí un momento, mirándonos el uno al otro, antes de que se acuclillase y empezase a moverse como un animal entre la maleza.
—Cuanto más me hagas correr, peor va a ser cuando te encuentre. ¿Me oyes? Te vas a acordar de esta —vociferaba mi perseguidor, con todos los humores subidos y moviéndose dentro de él como un huracán.
Estaba cada vez más y más cerca. No podía levantarme. Casi podía sentir de nuevo el cálido aliento con olor a tabaco del muchacho, de aquel diablo con piel de hombre. Pero un grito irrumpió en la noche, descarnado y visceral. Dos fieras danzando juntas en un baile que acabaría con uno de ellos devuelto a la tierra. Mi perseguidor gritaba una y otra vez, incluso suplicó clemencia y llamó a su madre antes de callar, tras unos gorjeos que helaban la sangre. Luego silencio. Pasaron los segundos y luego los minutos, pero no se oía nada más, así que me puse en pie como pude, escudriñando la oscuridad. Ahí estaba otra vez, aquel hombre flaco de la máscara. Ahora la máscara lucía un pedazo de carne nuevo, sanguinolento, un añadido a la colección. Señaló con un brazo antes de perderse en la espesura.
Era el camino de vuelta lo que me había señalado. Con los primeros despuntes del alba llegué de nuevo al pueblo, herida, dolorida y asustada, aunque viva. Le había visto el disparo mientras desaparecía. El agujero que había dejado en su camisa y la sangre se había quedado seca alrededor. Aquello que vi no era hombre; lo había sido, pero ya no. En aquel tiempo habíamos echado tanta pena, rabia y sangre a la tierra que algo tenía que habernos devuelto.
Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.
Las palabras para estos días son máscara, grieta, crujido y dientes.