Nadie usa el viejo puente del ahogado desde hace años; todos dicen que está maldito. Y no les culpo, lo cierto es que se han sucedido una extensa lista de tragedias a lo largo de los años. Durante su construcción, por ejemplo, uno de los trabajadores se resbaló y se abrió la cabeza. Años más tarde, un mercader se precipitó al vacío con su carro, sus caballos y todas sus mercancías (al mercader lo encontraron días después hinchado como un globo río abajo). Desde entonces, de tanto en cuando, alguien desaparece y es hallado allí ahogado. El incidente más reciente fue hace veinte años, antes de que yo naciese. El hijo del burgomaestre apareció allí ahogado y por eso se quedó el puente con ese nombre. Ni siquiera creo que haya nadie en el pueblo que recuerde su verdadero nombre. ¿Sabéis qué creo yo? Que el hijo del burgomaestre, que tenía debilidad por las mujeres ajenas y el alcohol en todas sus formas, se agarró una buena cogorza y se cayó al río, el muy patán. O tal vez se enredase la mujer equivocada y alguien le dio una lección. ¿Todo lo demás? Coincidencias, mala suerte. Las maldiciones no existen, son un engaño pergeñado por los débiles de espíritu para tapar su propia cobardía.
¿Que por qué os cuento todo esto? Pues porque necesito matar el tiempo hasta llegar al puente. No está cerca del pueblo, precisamente, y el camino es largo y tedioso. Mi nombre es Tomasz y tengo quince años. Quizás no sea el más valiente, pero sí que sé que las maldiciones no existen. Una cosa llevó a la otra y… aquí estoy, tratando de demostrar a los demás chicos de mi edad que eso de la maldición del puente del ahogado no son más que paparruchas. Me quedaré aquí a pasar la noche, por eso traigo algo de queso, pan y una manta para espantar el frío otoñal. Cuando vuelva, todos tendrán que reconocer mi gran proeza, pues ningún otro se atrevería a pernoctar en un sitio así.
El cielo está despejado y la luz del ocaso baña como un fuego todo el paisaje con sus cálidos colores. El puente no parece nada del otro mundo; tan solo es un viejo puente de madera con una historia exagerada. Aun así, y no se lo contéis nunca a nadie, sentí un pinchazo de temor al dar el primer paso cuando el tablón empezó a crujir. No pasó nada, por supuesto, pues como bien decía anteriormente las maldiciones no existen. Todo está en silencio. Parece mentira que la gente se haya perdido este paraje durante todos estos años solo por unas habladurías.
La noche ha caído y me arrepiento de no haber traído otra manta para combatir el frío; ahora lo único que se escucha es el castañeteo de mis dientes y el ulular de un búho solitario en el bosque. Oigo algo y me envaro, aguzando mis sentidos para discernir qué puede ser. Suena cercano. Quizás sea solo el ruido de las tablas del puente, crujiendo y quejándose del frío, aunque eso no tardo en descartarlo, pues sigue sonando. Es como si alguien llamase a una puerta con los nudillos. Así que me levanto, aún envuelto en la manta y pregunto quién anda ahí. No obtengo respuesta alguna. Pensándolo bien, por qué iba a presentarse alguien o algo con malas intenciones pudiendo usar la sorpresa a su favor. Algo golpea las tablas, las rasca y las araña y yo echo a correr sin pensármelo dos veces.
¿Que si logré volver al pueblo? Por supuesto que no. Ni tan siquiera logré salir del puente. Algo me agarró de los tobillos, algo oscuro que no podía ver. Traté de aferrarme a lo que pude, pero fue en vano. Me hizo rodar y me lanzó al vacío, donde me encontré con el agua helada y las puntiagudas rocas. Ya es mala suerte descubrir que las maldiciones sí existen de una manera tan personal y funesta como la mía.
Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.