Arrastro mis botas por los salones arruinados del castillo. Sus muros de piedra oscura ahora menos amenazadores, sabiendo que el mal que habitaba en su interior ha sido derrotado. Estoy herido y agotado, mi armadura doblada e inservible, mi hoja mellada y quebrada. Pero nada de eso importa, porque el conde ya no está, mi espada bendecida por la luz del todopoderoso le dio muerte.

Mi mirada se pasea por el salón del trono, que ha sido testigo de la más cruenta de las batallas. Decenas de mis hermanos de armas han visto sus vidas segadas por los horrores comandados por el conde, con los que ahora comparten lecho sobre los escombros. Solo quedo yo.

A lo lejos, tras las vidrieras agrietadas, la oscuridad da paso a la luz de un nuevo día y los primeros rayos de sol bañan mi rostro herido y sanguinolento. Cierro los ojos y dejo que la sensación me inunde. Ya no habrá oscuridad, ni llantos, ni gritos, ni pérdida. La profecía, nacida de los labios moribundos del prior, se ha cumplido. Y al cumplirla he liberado esta tierra de la oscuridad que la atenazaba. Me permito una leve sonrisa feliz, no por la gloria que me espera a mi regreso, sino porque nadie tenga que volver a sufrir a manos de las criaturas tenebrosas que han azotado esta región durante tantos largos años.

Noto como los rayos dejan de calentar mi rostro y abro de nuevo los ojos para encontrarme con que una nueva oscuridad se alza y el sol vuelve a dejar de brillar, opacado por una oscura mortaja hecha de sombras.

—¿Pero qué…? —atino a decir, incrédulo.

Detrás de mí una carcajada resuena en cada rincón del castillo, llenándolo, inundándolo con fuerza. Antes de darme la vuelta, sé de dónde procede esa risotada, por lo que mis ojos se clavan en el cadáver del conde. Sin embargo, para mi sorpresa, no se ha alzado de nuevo. Sigue ahí tirado, inerte, sin vida. Aunque algo lo rodea, una siniestra capa de sombras que se mueve de forma sinuosa hasta adquirir una desdibujada forma de hombre.

—¿Qué clase de truco es este? ¡Mostraos! ¡Decid quien sois, villano! —vocifero.

La silueta ni se inmuta, flotando aún sobre el cascarón vacío del conde.

—Supongo que es a ti a quien debo darle las gracias por mi liberación. Largo tiempo llevo esperando la muerte de ese malnacido que osó confinarme en los muros de su patética carne.

Siento frío, un frío que me hace castañetear los dientes y me encoge el alma.

—¿Quién o qué sois? —pregunto entre temblores—. No importa, también os daré muerte, como a vuestro captor.

—Mírate, apenas te tienes en pie. No podrías dar muerte ni a un indefenso cervatillo en tu estado. No; no me darás muerte. Ningún hombre puede matarme.

—¡Mentís! La profecía… —su risa corta mis palabras.

—¿Quién crees que susurró aquellas ideas a un moribundo hace tantos años? Vosotros los humanos dais demasiada importancia a las profecías. Y nunca os preguntáis de dónde vienen. O si al cumplirse desataréis algo peor que lo que tratabais de combatir.

Mis rodillas golpean el suelo, mientras noto que me falta el aire. He dado muerte al conde, he cumplido la profecía. Y, sin embargo, solo he empeorado las cosas.


Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.