Primer plano de un gato negro con ojos verdes
Foto de Hannah Troupe en Unsplash.

Su pelaje es negro, negro. Negro noche. Negro muerte.

Su pelaje es suave, suave. Suave terciopelo. Suave muerte.

Su pelaje se mueve, mecido por el viento, como la hierba en los prados.

Su pelaje brilla, refleja la luna, refleja las estrellas.

Su pelaje es hermoso, divino, espectral.

Si le preguntasen cuál es su parte favorita de sí mismo diría, sin lugar a dudas, que es su pelaje. No le preguntan, tampoco responde; no habla, no puede. No está hecha su boca para comunicarse con otros seres. No está llena de emociones, llantos, penas. Está llena de fauces, hambre, muerte. Con su boca nunca habla, habla, habla. Solo devora, devora, devora.

Le resultan curiosos, fascinantes, esos seres pálidos que andan erguidos y cantan al aire y de su canto nace entendimiento. A veces con esos cantos le dan nombres, y gesticulan, con temor, tratando de prevenir a otros de su presencia. Qué estupidez. Él no tiene nombre, no lo necesita, él es él. Que le llamen como quieran.

Cae la nieve, blanca, blanca. No le gusta. El blanco es el color que más detesta. Le gusta el negro, elegante, majestuoso, como su pelaje. El color de la sombra, de la noche, de la muerte. Ese sí es un color. Por culpa de la nieve las tinieblas no ocultan su paso. Se le aferran los copos al pelaje, llenándolo de pequeñas motitas blancas. ¡Cómo se atreve! Se sacude, enfurecido, y brama molesto. Así no hay quien cace.

Entre sus manjares favoritos están esos seres pálidos que caminan de forma extraña, solo a dos patas. Su carne es tierna, su sabor exquisito. Es difícil cazarlos a veces, se agolpan en extrañas cuevas de leña que ellos mismos fabrican, todos juntos, apiñados. Eso no le gusta. Para cazar, hay que tener cierta intimidad. Cazador y presa, presa y cazador. Ellos solos, un baile conjunto. Así es como ha de ser.

Le inunda la dicha cuando observa entre los abetos a uno de ellos. Una hembra pequeña. No será más que un bocado, un tentempié, pero la disfrutará. Se acerca sigilosamente. Ni la nieve, ni las ramas ni las hojas secas se atreven a emitir el más leve sonido cuando las pisa. Lo tratan con la deferencia que se merece. Pero, por algún motivo, lo oye llegar y la pequeña hembra se gira para darle la bienvenida. Tiene el cabello negro y largo, liso y suave. Le recuerda a su pelaje. Sus ojos son oscuros como una noche sin luna, grandes y curiosos. La pequeña hembra extiende su mano, sin temblores, sin miedo. Se acerca uno, dos, tres pasos y la posa sobre su morro. ¡Cómo se atreve! Pasea su mano por su pelaje de una forma que le resulta placentera, se sorprende a sí mismo emitiendo un ronroneo y despierta algo en su interior, algo que no comprende ni entiende. Ya no quiere comérsela, se le ha quitado el hambre, no obtendrá placer de aquella cacería. Gruñe y se echa para atrás, tratando de parecer amenazador, aunque la pequeña hembra no muestra atisbo alguno de temor. Su boca se curva de una forma que resulta tranquilizadora. Él echa a correr y se adentra en el bosque de nuevo, trotando entre los abetos. Aún nota el delicado roce de sus manos en su pelaje.


Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.