Desde niño he tenido cierta fascinación por la luna. No podía evitar quedarme ensimismado contemplando aquel disco siempre cambiante en el cielo nocturno, especialmente cuando estaba llena. Incluso cuando descubrí que no era más que una esfera rocosa orbitando nuestro mundo mi fascinación permaneció inquebrantable. Ahora, sin embargo, además de fascinación siento todo un elenco de emociones al ver la luna en el cielo. Noto crecer mi ansiedad, mi temor y mi desasosiego a medida que los días se abren paso hasta la luna llena, por las cosas que podría hacer cuando no me pertenezco a mí mismo sino a la luna, cuando soy solo suyo.

Al ocaso conduje una hora hacia las afueras, a un bosque donde no se aventuraría ningún otro ser humano de noche, pues es traicionero y está repleto de riscos y simas peligrosas incluso durante el día. Es allí donde suelo ir a entregarme cada vez que la luna se presenta en su máximo esplendor. Me sé el camino de memoria, así que no me ha costado llegar hasta una colina un tanto elevada desde donde puede verse bien el espectáculo en el cielo pese a los grandes árboles de copas frondosas. Cuando llego me quito, una a una, todas mis prendas y las dejo allí bien dobladas hasta quedarme completamente desnudo. Por la mañana, cuando despierte sin saber qué sucedió o si hay algo de lo que deba lamentarme, volveré aquí a por mis cosas y regresaré a tiempo para volver a casa, darme una ducha y presentarme a mi hora en el trabajo.

Ya noto el corazón acelerado, el dolor en las articulaciones y músculos, los huesos preparándose para romperse y recomponerse en formas distintas, cada vez más familiares. Me duelen los dientes; me paso la lengua para comprobar que ya están creciendo: más afilados, más largos. Si hay algo que la ficción suele omitir en las transformaciones que sufre el cuerpo al convertirse en una criatura antinatural es el dolor. Jamás había experimentado dolor alguno tan intenso como aquel hasta que me transformé por primera vez, hasta que la luna me arrebató el control. Podría decir que se hace más llevadero con el tiempo, pero no es cierto. Aunque, desde las primeras veces, tomo algunos analgésicos antes del cambio para ayudar en el proceso. No es mucho, pero no hay más que pueda hacer que facilitarme el proceso. No tengo voz ni voto, la luna pide y yo me entrego. Y, si no lo hiciese, si no me entregase, ella, furiosa, me arrebataría el control de todas formas. Es mejor así, voluntariamente.

Las nubes que la cubren pasan y la dejan desnuda en el cielo, blanca y brillante, espléndida. Mis pupilas se dilatan hasta hacer desaparecer mis iris. Todos mis huesos crujen, los músculos se rompen y las articulaciones se tensan, estiran, cambian. Mi piel se abre, se descose para luego recomponerse y adaptarse a su nuevo contenido. Grito, y grito con fuerza, hasta hacerme daño en la garganta, hasta que los gritos dejan de ser gritos y se convierten en aullidos. No dejo de mirar a la luna en ningún momento, con los ojos muy abiertos, sin parpadear siquiera. Luna, a ti me entrego, tuyo soy.