Fuera cae una fina llovizna, aunque hay nubes negras concentrándose sobre el cielo de la ciudad, amenazando con una gran tormenta. Contemplo como las calles se van vaciando de transeúntes a medida que la lluvia crece en intensidad a través de los cristales de una pequeña cafetería de barrio. Estoy sentada cerca de la cristalera, en una mesa pequeña.
Echo un vistazo a la taza de té que apenas he probado y le doy vueltas entre mis manos. La he pedido más por calentarme las manos que porque realmente me apeteciese bebérmelo, pero no era el frío lo que hacía temblar mis manos.
Hace ya dos años que empezó toda esta pesadilla. Una noche me levanté sobresaltada y vi en la habitación a una mujer que no había visto antes en mi vida, de aspecto triste, pálida y enfermiza. Naturalmente, mi reacción fue gritar y echar mano de algo con lo que defenderme. Mi marido, exmarido ahora, se despertó también y me preguntó qué me pasaba. Por más que señalase o describiese a esa mujer, él no veía nada en la habitación. Empezó entonces el desfile de médicos, terapeutas, psiquiatras e incluso médiums para tratar de ponerle remedio. En el proceso perdí a mi marido, mi trabajo y la mayoría de mis amistades y familiares. No todos los decían, pero yo sabía que todos pensaban que estaba loca. Tuve que fingir que todo estaba bien para evitar ser internada en un centro psiquiátrico. Me he acostumbrado, más o menos, a vivir constantemente observada por alguien que nadie más puede ver. Mi propio espectro voyeur, como le suelo llamar para quitarle hierro al asunto los días que me encuentro de mejor humor.
Esta mañana mientras preparaba el desayuno con aquella aparición pisándome los talones y observando cada uno de mis movimientos me he echado a llorar y me he hecho un ovillo en el suelo. Hay días en los que una no puede más. Así que aquí estoy, tratando de escapar por un instante de esa observadora invisible. He notado que suele aparecerse con más frecuencia cuando estoy sola, aunque desconozco el motivo. No creo que nadie pueda esclarecer sus motivos, si es que los tiene. Ojalá pudiese hablar. En numerosas ocasiones he perdido los estribos y le he gritado sin parar que me hablase, que me dijese por qué no me dejaba en paz; todas ellas en vano.
Suspiro y doy un sorbo a la taza. Entonces la veo por el rabillo del ojo. Está al otro lado de la calle, muy quieta. Sus cabellos no se mojan, su bata de hospital tampoco. Las gentes que pasan por la calle la atraviesan, como si no estuviese allí. Noto otra vez la ansiedad y la congoja apoderarse de mí. No sé cuánto tiempo más puedo aguantar esta situación. Un impulso me lleva a mirar de nuevo, pero ya no está allí. El alivio es sumamente fugaz, pues reparo en su presencia ahora cerca de mí, sentada a mi lado en una silla.
Tras dos años de suplicio, mi cerebro logra recuperar un recuerdo extraviado y la revelación me deja sin aliento. Al verla ahí sentada, de perfil, siento que la he visto antes. Una paciente, quizás. Me levanto rápidamente y casi me olvido el bolso antes de salir a toda prisa del local para volver a casa.
Aun empapada, consulto en mi ordenador los expedientes de antiguos pacientes. No debería tenerlos, pues hace tiempo que perdí mi puesto como doctora, pero lo cierto es que siempre guardaba una copia. Contemplaba uno tras otro los expedientes en un estado de febril estupor hasta que mi corazón pareció dejar de latir durante un momento al contemplar la fotografía en uno de ellos. Era ella. Catherine Myers. Había acudido a la consulta repetidas veces alegando dolores; en todas las ocasiones la había mandado a casa con una receta de analgésicos. Miro la fecha; por aquel entonces mi matrimonio no estaba atravesando un buen momento y, siendo sincera, no había hecho un gran trabajo como doctora aquellos meses. La mujer no volvió más.
Escribí su nombre en un buscador, segura de que no encontraría nada más, pero no fue así. Encontré un post en Facebook donde su familia se despedía de ella. Había muerto hacía dos años de un cáncer terminal que no había sido tratado a tiempo. Todo había pasado muy rápido. Me aparté de la pantalla, sintiendo como iba ahogándome en las profundas aguas de la culpa y me la encontré allí, observándome, como siempre. Lo siento, quise decirle, pero no logré articular palabra alguna. Tampoco cambiaría las cosas. Ella estaba muerta y todo por mi culpa. Yo la había matado y su constante recordatorio sería mi penitencia.
Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.