Hojarasca
Camino por las calles húmedas salpicadas de charcos en esta noche sin luna, con la única compañía de ese reconfortante ruido húmedo al pisar la hojarasca empapada por las lluvias del día. Son las dos de la mañana, puede que las tres, así que no me encuentro a nadie por el paseo que bordea el río. Quizás sea mejor así, no me fio lo suficiente de mí mismo para estar cerca de otras personas en este preciso instante. Además, si alguien me viese me tomaría por un perturbado; gritaría, saldría corriendo o llamaría a la policía. Tampoco les culparía, pues voy manchado de sangre seca de los pies a la cabeza. Todavía me queda algo entre los dedos y las uñas. Es posible que incluso en la comisura de los labios. No me he parado a limpiarme concienzudamente, estaba demasiado alterado y en shock para haber realizado un buen trabajo de limpieza tras el desastre que yo mismo había provocado.
Camino sobre las losas de piedra húmedas, viendo las hojas otoñales ser mecidas por el viento y caer. Camino sin rumbo ni destino. No puedo volver a casa, pues no me queda nada allí. Melissa ya no está, yo mismo me he encargado de ello. Ha sido un accidente, claro. Nos llevábamos bien. Nos queríamos. Teníamos un proyecto de vida juntos y éramos felices. Y, sin embargo, ahora está muerta y mis manos manchadas de su sangre. Su sangre, que ahora recorre mi estómago y mis intestinos, porque me la he bebido toda. No sé cómo ha pasado, tampoco por qué. Solo sé que he perdido el control, que me he abalanzado sobre ella y que el forcejeo y los gritos no han podido detenerme. Era como si eso le estuviese sucediendo a otro, como si lo observase todo desde el asiento del copiloto. Me decía a mí mismo que tenía que parar, pero lo que fuera que había tomado el control de mi cuerpo no tenía intención alguna de parar hasta haberse saciado. El golpe vino después, cuando el hambre había pasado, cuando me vi tendido sobre el cadáver de la mujer que había amado todos estos años y un charco de su propia sangre. Quise llorar, quise gritar, horrorizado y roto, pero no salió nada de eso.
Camino ahora por un pequeño sendero de tierra cubierto de hojas, charcos y un césped descolorido, volviendo sobre mis pasos. Quizás todo esto no es más que un sueño, una pesadilla, una broma de mal gusto que me está gastando mi subconsciente. Por eso vuelvo donde empezó. Había dejado de llover poco después de ponerse el sol, así que había salido a correr. El médico siempre me dice que tengo que hacer más ejercicio, que ya es importante a mi edad. Así que me puse el chándal y las zapatillas y salí a correr. Recuerdo las calles, la gente, el parque con sus árboles, arbustos y el estanque. Y luego… luego nada. Lo siguiente que recuerdo es despertarme empapado, cansado y hambriento. Muy hambriento. Más hambriento de lo que nunca había estado. El hambre era lo único que ocupaba mi cabeza; todos mis ciclos mentales dedicados a elucubrar formas de saciarme. Cuando quise darme cuenta estaba cruzando el umbral de mi casa. Melissa salió a recibirme con gesto preocupado, luego asustado y, finalmente, horrorizado. Me tumbo sobre el césped, que está frío y húmedo, y con las dos manos voy cogiendo pequeños montones de hojas secas y empapadas. Las voy atrayendo hacia mí y me cubro con ellas, como una mortaja hecha de hojarasca. Cuando salga de aquí, todo esto será un mal sueño. Por ahora, que me trague la hojarasca.