Desde aquella colina podía verse la ciudad entera en todo su esplendor: un oasis de pequeños puntos luminosos en mitad de la oscuridad de una noche sin luna. Pero dentro del viejo Chevrolet estacionado allí, los cuatro pasajeros no prestaban atención a la ciudad. El interior estaba cubierto de humo y risas. Tracy cogió el porro de la mano de Stella y le dio una calada aun riéndose por el cotilleo que acababa de contar Kevin. Stella pegó un trago a la botella de Jack Daniels que había cogido del mueble bar de su padre. Y Elliot reposaba su mejilla contra el cuero de los asientos, algo ensimismado fruto de la mezcla de marihuana y el alcohol.
—Fue aquí donde abatieron a tiros a aquel famoso asesino del hacha, ¿os acordáis? —dijo Elliot con una sonrisa traviesa. Le encantaba poner nerviosas a las chicas sacando temas así.
—Elliot, déjalo; siempre estás igual —contestó Tracy.
—Es verdad, tiene razón. Fue aquí, en el bosque —Kevin señaló hacia la luna trasera, donde el bosque a los lados del camino que habían usado para llegar allí en coche estaba repleto de espesa vegetación—. El tío se había escapado del manicomio. Creo que se cargó a dos personas en su huida.
Stella se removió en el asiento, visiblemente inquieta. Echó un vistazo de soslayo al bosque que había más allá e hizo una mueca.
—Bueno, pero ese lunático está muerto. Fin del asunto. Dejad de intentar asustarnos.
Lejos de disuadir a los chicos, aquella reacción los envalentonó a seguir con su juego.
—Ah, pero es que no murió. ¿Verdad, Elliot?
—Según la policía sí, aunque mucha gente que viene por aquí dice que se siente observada a veces y que por la noche han visto a una figura moverse entre los árboles —continuó Elliot, como si se fuesen pasando el testigo para ir haciendo crecer la tensión dentro del vehículo.
—No digas más tonterías. No deberías fumar más —Tracy le dio un manotazo en la mano cuando intentó cogerle el porro. Aunque Elliot, su primer novio formal, le gustaba mucho a veces la ponía de los nervios cuando fumaba demasiado y se volvía insoportable.
—El tío se llamaba Michael Turnip. —Los chicos se echaron a reír con la mención de aquel nombre.
—¿Cómo no iba a volverse un maníaco asesino con ese apellido? —preguntó Kevin entre carcajadas.
Entonces Elliot se puso serio, todo lo serio que podía estar después de haber fumado y bebido tanto, y desplazó su mirada por cada uno de los presentes, creando un momento de tensión antes de soltar la traca final.
—Pero no le llamaban así. Le llamaban Sangriento Mike. Porque descuartizaba a la gente de forma macabra con un hacha.
Tracy le dio un leve empujón, claramente molesta porque siguiese insistiendo con aquello.
—Déjalo, en serio. No tiene ninguna gracia. Llevadnos a casa.
Kevin se estiró rápidamente para quitar las llaves del coche y hacerlas sonar mientras Tracy intentaba quitárselas sin éxito.
—¡Sois los dos unos idiotas! —les gritó Stella.
—Dicen que si dices tres veces su nombre en este lugar aparece.
Kevin reía, Stella y Tracy protestaban y Elliot seguía diciendo “Sangriento Mike” una y otra vez, hasta que los cuatro quedaron en completo silencio y no se oía nada. Uno de los chicos tocó el claxon con disimulo e hizo que las chicas pegasen un brinco y gritasen, provocando una risa incontrolable en ellos. Su plan había sido ejecutado a la perfección. Ahora, satisfechos, podrían consolarlas y portarse como unos caballeros. No siempre estaban tan mal.
—Ya es suficiente por hoy, vamos a casa —dijo Kevin dándose la vuelta en el asiento—. ¿Quién ha bebido menos? Que nadie deje conducir a Elliot.
Stella se quedó congelada. Todos la miraban, intentando averiguar qué era lo que le sucedía.
—¿Estás bien? Era solo una estúpida broma de los chicos; no pasa nada —trató de consolarla Tracy.
—He visto a alguien ahí —respondió ella, con la voz entrecortada, y señaló hacia el camino.
Todos miraban a través de las ventanillas, aunque no lograron ver lo que fuese que Stella había visto, o había creído ver, allí.
—Te lo habrás imaginado, ahí no hay nadie —dijo Kevin, tratando de aparentar serenidad.
—No me lo he imaginado. Había alguien.
Elliot puso los ojos en blanco y abrió la puerta del coche para salir.
—¿A dónde vas? —preguntó Tracy preocupada.
—A comprobar si es cierto que había alguien ahí. Quizás era Sangriento Mike —respondió con una sonrisa y cerró la puerta.
Todos los observaban mientras caminaba hacia el camino. Al llegar allí, junto a la linde del bosque, se giró y levantó los brazos, aun sonriendo. Algo se movió tras él; un destello en la noche, algo que descendía con violencia hacia el chico. Su cabeza se desprendió del cuerpo y rodó. Al cuerpo le costó unos instantes entender qué había sucedido, pero finalmente se desplomó en el suelo. Había alguien allí detrás. Todos en el coche gritaban, sus corazones martilleaban en sus pechos. Kevin trataba de encontrar las llaves, pero con los nervios se le cayeron bajo el asiento y no lograba dar con ellas. Tracy y Stella lloraban desconsoladas entre gritos de terror. Aquella figura armada con un hacha se acercaba con parsimonia y Stella no pudo soportarlo más. Abrió la puerta del coche y echó a correr en dirección al bosque, tratando de huir.
Stella se despertó sobresaltada, con el corazón latiendo desbocado y faltándole la respiración. Tenía la frente perlada de sudor. Solo había sido una pesadilla, nada más. Echó mano a un bote de pastillas que guardaba en la mesilla de noche y engulló dos de ellas y trató de serenarse. Hacía casi veinte años de aquella trágica noche y sus secuelas aun le perseguían. Probablemente, le perseguirían durante el resto de su vida.
Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.