Mandy no estaba loca, pese a lo que pudiesen pensar aquellos a quien había contado sus teorías y averiguaciones, y estaba dispuesta a demostrárselo a todos. Ascendió el camino rodeado de maleza hacia la vieja mansión a las afueras del pueblo bajo la atenta mirada de una docena de cuervos que no le quitaban ojo y que la hicieron sentir sumamente incómoda. Se plantó frente al caserón y lo observó como no lo había hecho desde que era niña y Tom Higgins la había retado a ir allí. En el pueblo todo el mundo decía que estaba maldita. Unos decían que seguían vagando por sus pasillos los fantasmas de los últimos dueños, una familia adinerada caída en desgracia que había muerto por un escape de gas hacía décadas. Otros, normalmente críos, que vivía una bruja, un vampiro o incluso una momia (¿cómo iba a haber llegado una momia hasta una vieja mansión de Nueva Inglaterra?). Se le hizo un nudo en la garganta al pensar que tendría que cruzar el umbral y recorrer el lugar. Si algo la consolaba era que aún era temprano y se podía ver la luz del sol tras la fina capa de nubes blancas. Esperaba que esa parte de las leyendas fuese cierta; había apostado todo su plan a ese pequeño detalle. Respiró profundamente y abrió la puerta mientras aferraba con fuerza la linterna en su otra mano.

Todo había empezado hacía tres meses. Spook, el mastín de los Hastings, había desaparecido. Pusieron carteles por todo el pueblo, pero nunca se le volvió a ver. Después los chicos de los Reed, primero Peter y tres días más tarde Robert. Luego fue su amiga Dana Moore, a la que conocía desde su más tierna infancia. En el pueblo nunca sucedía nada, así que aquellas terribles noticias sacudieron y conmocionaron a toda la comunidad. La gente ya no salía de noche, la policía patrullaba incansablemente las calles de noche y todo el mundo temía ser el siguiente, que el pueblo estuviese bajo ataque por algún maníaco homicida como los que se veían por televisión. La realidad, sin embargo, era bastante más macabra que eso.

Tres días antes, Mandy se había escapado de casa para ir con Brent, su novio, a alguna parte donde poder estar solos. Era cada vez más difícil tener un rato juntos ahora que la histeria se había apoderado del pueblo. Fue entonces cuando vio a Dana en carne y hueso, adentrarse entre las sombras tras la casa de los Martin. Algo no andaba bien, así que fue en su busca. La buscó por allí sin encontrarla durante un rato hasta que logró divisarla de nuevo a lo lejos, subiendo por la colina. La seguía una mujer en camisón, descalza, moviéndose de forma casi robótica. No debería haberlo hecho, pero las siguió a una distancia prudencial, hasta llegar a lo alto de la colina donde se encontraba aquella vieja mansión. Tuvo que taparse la boca para no gritar por la sorpresa de lo que vio allí arriba. En los terrenos de la mansión pudo ver a los pequeños Peter y Robert, a Dana y a la mujer del camisón, que identificó como Paula Martin. También había otro hombre muy alto envuelto en ropas oscuras a quien no logró distinguir. Contempló horrorizada como aquel hombre se abalanzaba sobre el cuello de la señora Martin hasta que cayó desplomada sobre la maleza. No se quedó a ver más, salió corriendo de allí. Al día siguiente se lo contó a Brent y a Linda, que la miraron como si estuviese loca. Luego a su madre, que se enfadó y dijo que no debería bromear con esas cosas. La señora Martin había desaparecido también, su marido lo había denunciado por la mañana. Pensó en ir a la policía, pero tampoco iban a creerla.

Así que allí estaba, con una linterna, un mazo y un puñado de estacas de fabricación casera intentando encontrar a esos supuestos vampiros en aquella casa en ruinas. El corazón se le iba a salir del pecho cada vez que apuntaba a algún sitio con la linterna y le parecía ver algo allí, que resultaba no ser más que mobiliario tapado por una sábana o algún viejo cachivache. Le temblaban las rodillas, sentía que en cualquier momento iban a fallarle y dejarle caer contra el suelo de tablones que crujía bajo sus pasos. La luz se filtraba por los tablones viejos y las ventanas mal tapiadas, así que pensó que quizás tendría mejor suerte buscando en el sótano, aunque era el lugar al que menos le apetecía ir de aquel sitio. Abrió la puerta, que emitió un chirrido siniestro, y le invadió el olor a tierra mojada y a moho. Perdió la cuenta del tiempo que estuvo allí parada tratando de convencerse de bajar hasta que logró conjurar el valor suficiente para dar el primer paso.

En aquel sótano oscuro y cavernoso encontró a los desaparecidos. Estaban todos durmiendo acurrucados sobre el suelo de tierra, aunque ninguno respiraba ni daba pista alguna de seguir con vida. En un rincón había un enorme cajón de madera viejo. Pasó cerca de su querida amiga Dana y se le derramó una lágrima por la mejilla. No sabía si sería capaz de usar la estaca con ella. No sabía si sería capaz de hacerlo con ninguna de las personas que tan bien conocía. Cogió con la mano libre una de las estacas y avanzó con decisión, aunque también con miedo, a abrir ese gran cajón de madera. Los vampiros dormían en ataúdes, así que ahí debía estar el que había provocado todo esto. Había leído mucho acerca del mito de los vampiros en estos últimos días en la biblioteca para prepararse para esto. Si acababa con él, quizás terminaría todo. Tenía que intentarlo. Abrió la pesada tapa y se retiró un instante. Allí solamente había tierra húmeda y llena de gusanos. ¿Dónde estaba el vampiro? Barrió el sótano con la linterna, comprobando que los demás no se habían movido de su sitio y seguían sumidos en su letargo diurno. Oyó algo moverse sobre ella y, con el pulso tembloroso y el corazón aporreando sus costillas, levantó la linterna al techo. Chilló mientras algo que no logró comprender del todo se dejaba caer sobre ella. Los gritos no duraron mucho. Ya habían terminado para cuando la linterna dejó de rodar por el suelo.


Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.