Recuerdo la primera vez que vi un espectro. Tenía cinco años. Señalé hacia un hombre de aspecto aterrador, encorvado, lleno de pústulas y de figura algo difusa al cruzar un parque. Lo señalé y me eché a llorar, mientras me arrebuja entre las faldas de mi madre. Ella me aseguró que no había nadie allí, pero no la creí. Sabía perfectamente lo que había visto. Las primeras veces fueron aterradoras; luego me acostumbré, como se acostumbra uno a todo tras una exposición prolongada en el tiempo.
Los espectros han estado siempre ahí, en segundo plano, como parte del escenario en el que transcurría mi vida. No hablan, no hacen nada, tan solo están. Con los años, he entendido que nadie más los ve. Quizás haya otros que, como yo, sí lo hacen y lo mantienen en secreto, pero yo nunca he conocido a nadie más como yo. Es uno de mis secretos mejor guardados, algo intrínseco a mi persona que no puedo compartir con nadie por miedo al rechazo, al abandono y a acabar internado en una institución mental.
Durante mi adolescencia descubrí que había otra cosa dentro de mí que tendría que mantener oculta por las mismas razones durante gran parte de mi vida. Algo para lo que yo, que me había criado en una comunidad conservadora del sur de Estados Unidos, aún no tenía nombre y que iba en contra de todas las enseñanzas que había recibido.
Recuerdo al pastor Simmons predicar con vehemencia y furia que aquellos como yo irían al infierno y pasarían la eternidad consumidos por el fuego infernal, que sufrirían para siempre. Suplicaba a Dios que me ayudase, que se llevase aquellos sentimientos, que me hiciese normal. Pasé aquellos años sumido en un pozo de desesperación. Luchaba con todas mis fuerzas para cambiar aquello que no podía ser cambiado de mí mismo. Llegué a odiarme con todas mis fuerzas. A menudo me quedaba dormido entre lágrimas preguntándole a Dios por qué a mí, qué había hecho tan terrible para merecer aquello.
Un buen día, decidí poner fin a todo. Estaba decidido. Aún era joven, no había pecado, pero lo haría, pues estaba en mi naturaleza. Era solo cuestión de tiempo. Y, por ello, sería condenado a una eternidad de sufrimiento. Por eso decidí acabar con todo, antes de que sucediese. El suicidio también era pecado, pero estaba seguro de que Dios vería que lo había hecho para evitar pecados aún mayores y sería compasivo. Aquello no tenía demasiado sentido, pero para esa versión más joven, ingenua y henchida de dolor de mí, era la única vía de escape que podía concebir. Estuve a punto de hacerlo, pero entonces se me apareció uno de esos espectros. Era joven, debía tener mi edad. Tenía ojos profundos y rasgos delicados. Un disparo de bala le atravesaba la sien traslúcida. Señaló lo que portaba en mis manos, aquello que iba a utilizar para terminar con mi vida. Luego negó con la cabeza. Le pedí explicaciones, pero solo recibí silencio. Lloré desconsolado. Él se sentó en la cama junto a mí y trató de darme un abrazo. Pese a su incorporeidad, por un momento, sentí la calidez de su presencia.
Siempre le estaré agradecido a aquel espectro, a aquel joven cuya vida le fue arrebatada demasiado pronto, que evitó que yo sufriese su mismo destino. Pasaron los años y logré salir de aquel pozo de dolor y desesperación. Aprendí a aceptarme tal y como soy y que no era yo quien tenía un problema, sino aquellos que habían sembrado en mi corazón las semillas de su odio. He pasado muchos otros momentos difíciles, pero siempre que he estado a punto de tirar la toalla, alguna de esas apariciones me ha empujado a seguir.
Hace ya muchos años que me mudé a Nueva York. Cuando llegué me sobrecogió la cantidad de esos espectros que veía por las calles. Hombres y mujeres, sobre todo hombres, unos demacrados y otros jóvenes y bellos, pero todos con expresiones tristes. Tristes por lo pronto que se les escapó la vida y lo mucho que se habían perdido. Muchos de ellos seguían portando batas de hospital, otros las ropas y el aspecto con los que habían querido recordarse en el momento de su muerte.
A veces los veo contemplando a una pareja de chicos jóvenes, que van de la mano por la calle y ríen, felices. La vida que ellos no pudieron tener, la vida que les fue robada. Otros, sin embargo, sonríen. Orgullosos de todo lo logrado, de que los esfuerzos y el sufrimiento de tantos hayan allanado el camino para los que vinieron después. Tal vez todos nosotros los vemos, pero no somos capaces de decirlo en voz alta. Tal vez decidieron rebelarse en la muerte y negarse a cruzar al más allá para, ahora invisibles, brindarnos a quienes habíamos de venir el apoyo que necesitábamos y que nadie más nos iba a proporcionar.
Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.