Tres calabazas en la oscuridad
Foto de Jordyn St. John en Unsplash.
Un escarabajo sobrevolaba el cielo nocturno, su iridiscente caparazón bañado por la luz de la luna llena. Emitía un leve zumbido con sus pequeñas alas, pero nadie podía oírlo, pues el jolgorio del festival que había más abajo opacaba todos los demás sonidos de la noche. Las voces, las risas, los acordes, las canciones, la alegría. La cosecha había sido buena, muy buena, y todos estaban contentos. El escarabajo se posó sobre una montaña de calabazas apiladas unas sobre otras y contempló el granero desde las alturas, como si se tratase de un trono. Lo siguieron muchos más; primero decenas, luego cientos, y todos juntos empezaron a dar cuenta de todo cuanto había allí guardado bocado a bocado.

Desde la linde del bosque contemplaba una siniestra figura de ojos profundos y velados todo aquel despliegue. Por la piel cuarteada y pálida de sus manos huesudas se paseaba un escarabajo, uno de los pocos rezagados que no había ido a darse un banquete al granero. Sus labios se curvaron imaginando lo que sucedería en el momento que alguien atravesase el umbral de cualquiera de los graneros y almacenes del pueblo y se diese cuenta de que su preciada cosecha se había esfumado. Pasarían hambre y penurias durante el invierno. No tendrían con qué comerciar, nada que comer y ya era demasiado tarde para empezar de nuevo.

—Que disfruten de su fiesta. Que bailen, coman y rían. Ya llorarán mañana —musitó para sí mismo.

Lo habían echado como a un perro, abandonado en lo más crudo del invierno y obligado a vagar por los bosques sin nada que llevarse a la boca. Durante aquellos fatídicos días pensó que iba a morir de hambre y sed, si es que no moría antes de congelación. Pero habían cometido un error fatal en convertirlo en su enemigo. Allá en los bosques cubiertos de nieve algo se le había aparecido, algo que le había ofrecido el poder para vengarse y dar rienda suelta a todo su odio. El precio a pagar había sido alto, sí, pero habría estado dispuesto a pagar cualquier precio. Desde entonces, había estado esperando pacientemente el momento perfecto en el que llevar a cabo su venganza y ahora, por fin, estaba sucediendo.

No había puesto un pie en el pueblo desde que lo habían mandado al exilio el año anterior, pero había llegado el momento de su regreso. Se echó la capucha sobre el rostro y se envolvió aún más en sus oscuras vestiduras y echó a andar por el camino viejo que iba desde el bosque. Quería presenciar de primera mano sus reacciones al día siguiente, deleitarse en su miseria, ver cumplida su venganza. Solo entonces se revelaría y les haría saber quién estaba detrás de su desgracia y que ellos solos se la habían buscado.


Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.