Mi nombre es Lisa y tengo un duende. O, mejor dicho, un duende me tiene a mí. Si, como yo, has crecido rodeado de cuentos e historias acerca de duendes bondadosos, graciosos y en ocasiones traviesos siento decirte que la realidad no se parece demasiado a esos cuentos.
Tenía diez años recién cumplidos el día que encontré a mi duende. Estaba cubierto de sangre y herido a un lado de la carretera. Me pidió ayuda con expresión suplicante y me prometió maravillas a cambio. Durante semanas cuidé de él hasta que pudo recuperarse. Le traía comida a escondidas, birlaba cosas del botiquín y rescataba del desván antiguos complementos de mis muñecas para hacerle una cama confortable y ropa que ponerse. A lo largo de aquellas semanas me percaté de que nadie más parecía verlo, lo cual me hizo sumamente feliz. Solo yo podía verlo, así que era especial.
Toda la amabilidad con la que me había tratado y todas las promesas recubiertas de miel que me había hecho se hicieron cenizas en cuanto pudo valerse por sí mismo. Empezó a pedirme que hiciese cosas, cosas malvadas, cosas que yo no quería hacer. Al principio me negué, ¡cómo no iba a hacerlo! Ante mi negativa, vinieron las amenazas. Una noche me desperté atada de pies y manos, con aquel pequeño duende paseándose por la cama blandiendo un cuchillo de cocina. Solo lo usó para cortar las sogas, restos de antiguas combas de saltar, pero me dejó claro que no había línea que no estuviese dispuesto a traspasar. Así que me convertí en un demonio, así me llamaba mi madre cuando creía que no la oía, por orden de aquel monstruoso ser. Me ahorraré relatar la larga lista de diabluras que me obligó a cometer. Al principio pequeñas, pero fueron creciendo rápidamente en intensidad hasta la noche en la que me obligó a prender fuego a la casa de los Clark. Por suerte, todos estaban despiertos cuando provoqué el fuego, así que pudieron salir todos ilesos. Sin embargo, aquella fue la gota que colmó el vaso. Había estado a punto de provocar la muerte a toda una familia.
A la mañana siguiente, el duende estaba muy disgustado. Estaba decepcionado porque los Clark no hubiesen sufrido la terrible muerte que él esperaba para ellos. Me lo haría pagar, aunque no hubiese soltado aún ninguna de sus típicas amenazas. Mi duende no era alguien que dejaba pasar las cosas así como así. Así que se lo conté todo a mis padres. Enumeré una a una las terribles cosas que había sido obligada a hacer. Les hablé del duende, de cómo lo cuidé y de sus promesas, así como de sus demandas y amenazas. Ni que decir tiene que no me creyeron en absoluto. Mi madre se echó a llorar, mi padre enfureció. Desfilé entonces por una serie de terapeutas y psiquiatras hasta que, al final, se determinó que lo mejor para mí sería permanecer internada en una institución.
Llevo seis meses aquí dentro. La comida es terrible y me aburro constantemente, pero al menos aquí no tengo que volver a ver al duende. Mis padres vienen a visitarme una vez a la semana, pero noto en sus expresiones que realmente no quieren hacerlo. Al principio me costó acostumbrarme a este sitio, pero ahora me siento segura, aunque me preocupa que algún día puedan volver a mandarme a casa.
A veces charlo con Peter. Él no habla nunca, pero eso lo hace una persona fantástica a la que contarle tus cosas. Estoy hablando con él, contándole acerca de las cosas que hice por obligación de aquel duende, mientras me termino el zumo de naranja del desayuno. Entonces lo veo, asomado a la ventana, con una sonrisa repleta de dientes. El duende me ha encontrado. Fui una ilusa al pensar que estos muros serían protección suficiente.
Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.