—¿Quién lo ha encontrado? —preguntó el detective Caulfield, mientras contemplaba el cuerpo del difunto señor Armstrong sobre la alfombra.

Fuera, el día estaba encapotado y caía una fina lluvia a través de los grandes ventanales del lujoso despacho, que ahora se encontraba ocupado por toda una banda de policías y forenses recabando pruebas y examinando la escena del crimen.

La sargento Allison, acuclillada junto al cadáver, se levantó, quitándose los guantes de látex, con gesto cansado.

—El mayordomo —hizo una pausa para mirar de soslayo al umbral de la puerta, donde otro oficial le hacía preguntas—, dice que había venido a buscar al señor, al no haberlo encontrado en su dormitorio. Parece que no durmió allí anoche; lleva horas muerto.

Caulfield asintió. Contemplaba el cadáver del hombre, su expresión congelada en un rictus de terror, su postura extraña, tal y como había quedado al desplomarse. Qué indefenso debía haberse sentido los momentos anteriores a su muerte. Cameron Armstrong siempre había proyectado una imagen de fuerza, autocontrol y dignidad; no quedaba nada de eso en ese marchito cuerpo desprovisto de vida. Había sido un tipo poderoso; dueño de una de las mayores aseguradoras médicas del país. Caulfield se preguntó cuánta gente había muerto también así de indefensa y desvalida a causa de las agresivas políticas de su compañía en todos los años que había estado al frente de esta.

—Todo apunta a que ha sido envenenado —dijo la sargento y señaló hacia la copa a escasos pasos del cadáver, hecha añicos, con algunos restos aún de whisky o algún otro licor aún en su interior. —¿Indicios de que se trate de un suicidio?

—No sabremos el tipo de veneno utilizado hasta que recibamos el informe toxicológico, pero a juzgar por su expresión, no creo que fuese agradable. Tiene pinta de haber sufrido un dolor agónico.

La mirada de la sargento se dirigió al exterior, de donde procedía el sonido de neumáticos deslizándose por la grava de la entrada. Esbozó una sonrisa de disculpa.

—Ahora mismo vuelvo.

Caulfield se acuclilló, notando el crujir de sus rodillas, junto al cuerpo, pero luego su atención se volvió hacia esa copa rota y las pequeñas esquirlas de cristal que habían quedado diseminadas por la alfombra tras el impacto. Le pareció ver algo en el cristal. Una silueta cruzando el despacho detrás de él. Se giró, extrañado, esperando volver a ver a la sargento, que tal vez se había olvidado algo. Sin embargo, no fue aquello lo que vio. Sus ojos se abrieron como platos y su corazón empezó a retumbar. Cayó hacia atrás, presa del pánico, clavándose un par de esquirlas de cristal en una mano. Intentó gritar, pero no llegó a salir nada de su garganta. Lo que estaba viendo no tenía ningún sentido.

Había una niña, calva, de una delgadez extrema, con una bata de hospital, la tez pálida como la nieve y unas profundas ojeras. Pero lo más inquietante era que era traslúcida. Caulfield no creía en los fantasmas; aquello solo podía ser fruto del cansancio, un producto de su imaginación y nada más.

La niña desvió su mirada hacia el cadáver del señor Armstrong y en su rostro se dibujó una sonrisa. Empezaron a aparecer tras ella, uno tras otro, decenas de figuras de aspecto lastimero, igual de traslúcidas. Todas ellas con la mirada clavada en el difunto, todos sonriendo con alivio.

—¿Qué ha pasado? —preguntó la sargento—. ¿Estás bien, Caulfield?

Aquello lo sacó de su estupor. Seguía notando el martilleo de su corazón en los oídos. Parpadeó un par de veces, incapaz de lograr componer más que un balbuceo. La niña ya no estaba. Tampoco los demás.

—Estoy bien —atinó a decir, finalmente—. Me he resbalado.

Se incorporó lentamente, bajo la atenta mirada de todos los presentes.

—Anda, ve a que te miren eso, te has clavado unos cristales en la mano. ¿Seguro que estás bien? Te has quedado pálido; no tienes buena cara.

Hizo un gesto para quitarle importancia.

—Estoy bien, no te preocupes. Ahora vuelvo.

Necesitaba salir de aquel despacho. Solo necesitaba algo de aire fresco, eso era todo. Aun así, mientras se abría paso por aquella gigantesca mansión hacia el exterior, un pensamiento no dejaba de atosigarle: no encontrarían veneno alguno en el informe toxicológico.


Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.