Miguel's blog

Colmillo

La primera vez que vi su sonrisa quedé prendado de sus colmillos. Unos colmillos afilados de depredador. No sabía en aquel momento, por supuesto, que aquellos colmillos serían mi fin y mi ruina.
En el club Peter Gabriel cantaba «If looks could kill they probably will». Algo que, por otra parte, terminaría siendo premonitorio. Me escurría entre la gente tratando de acercarme a aquel hombre, aquel joven que tanto me había cautivado. Estaba hablando con una mujer con el pelo oxigenado a lo Blondie que, por sus gestos, estaba flirteando con él. Normalmente, solía venir al club con Harry, Peter, Max y Ava, por lo que evitaba hacer cualquier tipo de movimiento que pudiese delatarme y descubrir ante mis conocidos los deseos que guardaba ocultos en lo más profundo de mi corazón y de mi carne, mis anhelos más secretos. Pero no aquella noche; había venido solo y nadie me conocía. Podía dar rienda suelta a mis fantasías. Ya a escasos pasos de aquella aparición divina de la que no conseguía apartar la mirada, por mi mente se sucedían una serie de escenas ficticias acerca de lo que podía suceder. Me plantaría frente a él, e invitaría a una copa, nos iríamos de aquel lugar tras bailar un rato y me desearía tanto como lo hacía yo. Nuestras miradas se encontraron y, por un instante, todo el mundo desapareció. Estábamos los dos solos en mitad de la pista de baile. Mi corazón desbocado y yo continuamos avanzando con firmeza hasta él, deslizándome entre la gente que había pasado a ser poco más que un decorado. Él se deshizo de la chica del pelo oxigenado con una sonrisa y palabras amables —supongo; no pude oírlas entre el ruido de la música y de la gente— y nos encontramos a medio camino. Volvió a sonreír y esta vez pude contemplar esos colmillos muy de cerca. El chico era atractivo, aunque no despampanante. No era la clase de chico que encontrarías en las revistas y que hacían suspirar a tantos al contemplar una belleza que no estaba a su alcance. Sin embargo, había algo en él. Algo casi hipnótico; una naturalidad y una belleza casual. No sabría decir de qué color eran sus ojos, estaba demasiado hechizado por el grácil movimiento de su boca, sus labios, sus colmillos. Le pregunté si le apetecía una copa; fue lo único que atiné a decirle, sumido en mi estupor. Él levantó la que llevaba en la mano, de la que todavía no había tomado ni un sorbo y se rio. Su risa era musical y cálida. Se acercó a mi oído y me susurró algo; jamás llegué a saber qué fue, pero, al retirarse, tenía una expresión traviesa en el rostro. Ahora en los altavoces sonaba The Police «Don’t stand so close to me».
El intenso juego de miradas y sonrisas no tardó en convertirse en caricias e invitaciones. Me temblaban las piernas y me sudaban profusamente las manos. Nunca antes había hecho esto, no con tanta gente delante. Mis pequeñas incursiones en el mundo secreto de mis deseos solían ser solitarias, oscuras, envueltas en un halo de vergüenza y remordimiento nada más caía la cortina de la lujuria. Esto, en cambio, era totalmente distinto.
Me tendió una mano y, aunque vacilante y mirando a mi alrededor en busca de miradas reprobatorias que no llegarían, la cogí. Su mano estaba fría, eso sí lo recuerdo bien. No helada, pero tampoco caliente como debería haber estado en esta calurosa noche de verano en un local abarrotado de gente. Salimos del club y me notaba flotando en una nube de emoción y anticipación. Acabamos en un callejón donde no había nadie. Unos besos torpes, caricias animales, un encuentro entre mi lujuria y la suya, que no era tal. Mientras metía la mano en el interior de mis vaqueros noté su boca recorriendo mi cuello y sonreí, feliz, por haber dado el paso y haberme permitido esto. Noté el dolor punzante de sus colmillos desgarrando mi carne y la vida escapándoseme, pero no me moví. Exhalé mi último suspiro aun con una sonrisa en los labios.