Un relámpago encendió el cielo en mitad de la noche; un cielo oscuro cubierto de nubes de tormenta en una noche sin luna. Aquel breve destello les permitió discernir a lo lejos, sobre el promontorio, la esbelta y afilada silueta del castillo. En la niebla, el farolillo apenas permitía ver a más de un par de zancadas de distancia de sus propias narices, así que iban con avanzando con cuidado de no tropezar entre las gruesas y nudosas raíces de los árboles.

Otro relámpago. Drago se paró un instante y esperó mientras contaba mentalmente. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… ahí estaba. La tormenta estaba cada vez más cerca. Si les pillaba en el bosque acabarían calados y sin lugar alguno donde refugiarse de la lluvia. Ya era suficientemente complicado el ascenso hasta el castillo sin que les cayese encima un aguacero.

Ludmilla también se paró, unos pasos más adelante, imitando a su compañero. Ella, en cambio, se giró con expresión molesta por la parada repentina.

—¿Qué estás haciendo? No tenemos todo el día, tendrás que esperar a llegar al castillo para tomarte un descanso —se notaba la irritación en la voz. Llevaban horas de camino; tenían los pies doloridos y los nervios a flor de piel.

—Estoy contando. Quería saber a cuánto estaba la tormenta. Hay que darse prisa —se puso en marcha de nuevo, con el farolillo por delante.

—Y no puedes contar mientras andas —respondió ella, aún molesta, pero en tono algo más jocoso—. Hombres…

Siguieron con el ascenso. No había ruidos en la noche a excepción de aquellos truenos que parecían que iban a partir el cielo en dos y que cada vez se escuchaban más cerca. No se oían animales, no se oía nada. Solo sus pasos y, cada tanto, ese estallido sobre sus cabezas.

—Aquí no suben ni los animales —dijo ella jadeando por el cansancio—. Desde luego, son más inteligentes que nosotros.

—Tú eres la que se empeñó en subir hasta este condenado sitio alejado de la mano de Dios; ya te dije que era una mala idea. ¿Sabes lo que dicen los aldeanos de este sitio?

—Que está maldito —interrumpió Ludmilla—. Como todo, si les preguntas a esos cobardes. El castillo está maldito, el pozo está maldito, el excusado de la abuela de Jakub está maldito. No creo en las maldiciones. Creo en el dinero que nos va a pagar ese tipo tan elegante por saquear este lugar. A nosotros ya nos va bien que todo el mundo crea que está maldito; más para nosotros.

Emitió un gruñido molesto y echó a andar más rápido, dejando a Drago atrás. Aquel dichoso Drago. Él y sus supersticiones, sus quejas y su cobardía. Cautela, como la llamaba él. Ludmilla estaba harta de todo aquello. Solo un poco más y después, con todo aquel dinero, podría retirarse; dejar de hacer esto y buscarse una vida más tranquila donde no tuviese que soportar ni a Drago ni a ninguno de los tipos con los que había trabajado antes.

Salieron del bosque para encontrarse con el sendero de piedra tallado en el acantilado que ascendía hasta aquella construcción de roca oscura. Empezó a llover; primero una llovizna, luego un aguacero.

—Alumbra bien y mira por dónde vas, no te vayas a resbalar y abrirte la cabeza. Si te matas no pienso arrastrar tu pesado culo muerto hasta el pueblo para que te entierren.

Drago se rio, una carcajada sonora y ronca.

—Si me mato aquí arriba, tienes mi permiso para tirarme por el acantilado. Tampoco me voy a enterar. —Hizo una pausa mientras se agarraba a la pared rocosa y empezaba a subir. Sí que era cierto que resbalaba—. ¿Qué vas a hacer con todo ese dinero? ¿Vas a comprarte una granja y buscarte un mozo al que dar órdenes hasta que mueras de vieja?

Ludmilla hizo una mueca ante aquella idea, aunque no dijo nada. Estaba demasiado concentrada tratando de no matarse durante el ascenso.

Una vez arriba, calados por la lluvia y helados, se encontraron con que las puertas de madera desconchada y envejecidas del castillo estaban cerradas con una gruesa cadena oxidada y un gran candado.

—Magnífico, ¿y ahora qué? —preguntó Drago, exasperado.

—Ahora coges un martillo y le das golpes hasta que se rompa. Ese candado ya era viejo cuando mi abuela gateaba.

A regañadientes y mascullando Drago dejó su mochila en el suelo donde empezaban a formarse charcos y se hizo con un viejo y pesado martillo. Empezó a dar golpes; algunos acertaban, otros tan solo hacían muescas en la madera gastada. Tras unos cuantos intentos hubo de parar. Resollaba y jadeaba; unas perlas de sudor recorrían su frente. O quizás eran solamente gotas de lluvia.

—No se abre, Ludmilla. No se abre —se quejó.

—Por las muelas de mis ancestros que se abre —replicó ella.

Le arrebató el martillo y empezó a atizarle con fuerza una y otra vez sin éxito hasta que hubo de desistir. Lanzó el martillo contra el candado con un grito de rabia y ambos tuvieron que apartarse para no recibir el golpe al rebotar.

Drago podía oír el rechinar de los dientes de Ludmilla mientras miraba a la puerta con ira, como si con la misma fuerza de su odio pudiese abrirla.

—Vámonos; esto no se abre y no hay manera de que podamos trepar hasta algún otro sitio por el que colarnos. Ha sido una mala idea.

Se puso de nuevo la mochila y se dio media vuelta, dispuesto a volverse por donde había venido, con o sin Ludmilla. Entonces hubo un sonido a su espalda, algo metálico, y el candado cayó al suelo con un estruendo, seguido por las cadenas. Se giró y miró a Ludmilla.

—¿Se ha abierto solo? —preguntó.

—Se ha abierto porque acabamos de atizarle unos buenos golpes con un martillo, eso es lo que ha pasado. Ni siquiera Ludmilla estaba del todo convencida de lo que acababa de decir, pero qué otra cosa podía haber sucedido. Ella no creía en maldiciones ni demás supercherías.

Entre los dos abrieron las puertas y se adentraron con la luz de los farolillos en la cavernosa estancia oscura como boca de lobo. El lugar era enorme.

—Nos llevará horas registrar este sitio —dijo Drago alzando la mano del farol. Ni siquiera así lograba iluminar la parte más alta de aquel lugar.

Entonces las puertas se cerraron a su espalda con un estruendo. Ludmilla corrió de vuelta y trató de abrirlas. No cedían.

—Te dije que er\a una mala idea. ¡Este sitio está maldito, joder! —gritó Drago, ahora completamente atemorizado. —¡No existen las maldiciones! ¡Es solo un viejo castillo abandonado!

La luz de los faroles se extinguió. Pudieron oír como algo se arrastraba desde las profundidades del castillo.

—¿Qué ha sido eso? ¿Drago, has sido tú?

No hubo respuesta. Un golpe sordo, algo cayendo al suelo pesadamente.

—¿Drago? Esto no tiene ninguna gracia.

Algo agarró la pierna de Ludmilla y la arrastró entre las tinieblas. Lo único que podía hacer era gritar y retorcerse hasta que sus gritos también se apagaron y todo quedó de nuevo en silencio.


Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.