Bajo la llovizna y la neblina daban sepultura a Elmer Mallory su familia y amigos, presidido el oficio por el anciano párroco de facciones aguileñas. Lágrimas, despedidas, flores frescas y tierra mojada.

Mas había alguien más observando que era ajeno al círculo social del difunto. Tras el enorme roble coronando la colina cercana al lugar de reposo del señor Mallory aguardaba una figura esbelta y desgarbada. Un hombre en la cuarentena, vestido con un viejo gabán y un sombrero. Chester Galloway, pues así se llamaba el hombre, ya había visto suficiente. Se marchó del camposanto, satisfecho, pues ya había obtenido lo que había ido a buscar. Tras un periodo de varias semanas sin fallecimiento alguno se habían producido dos entierros en el mismo día en aquel rincón de la ciudad. Es mi día de suerte, se dijo, pensando en el dinero que podría sacar al conseguir para la facultad de medicina aquellos cadáveres recién enterrados; frescos, como ellos los llamaban. Esperaría a que cayese la noche.

Hacia la media tarde había dejado de llover. La niebla, no obstante, no había amainado en todo el día. Mejor, se dijo, así le sería mucho más sencillo llevar a cabo su labor sin que nadie le viese. Le caían unas perlas de sudor por la frente, que se limpió con la manga del gabán. El primer cadáver había sido de una anciana, flaca y menuda, por lo que le resultó sencillo meterla en un saco y arrastrarla hacia hacia el muro. Nadie sabría nunca que ella ya no estaba dentro de ese ataúd, pues Chester Galloway era todo un profesional. Solo se llevaba cuerpos recién enterrados, donde la tierra aún estaba fresca y recién removida. Era de aficionados tratar de hacerlo pasado algunos días. La gente se daba cuenta cuando las tumbas de sus seres queridos habían sido perturbadas y se armaba un escándalo. Así había sucedido en el cementerio al norte de la ciudad, uno de los muchos donde Chester recolectaba material. Todo había sido culpa de aquel dichoso Francis Kaplan, que además de bruto era idiota de remate. Pero él no era como Francis, él era un profesional, un artista del saqueo de tumbas. Era meticuloso, metódico y preciso. Nadie jamás se enteraría de sus fechorías.

La pala golpeó algo sólido; madera, a juzgar por el sonido. Chester sonrió. Tenía los brazos cansados de tanto cavar. Cavar dos tumbas en una sola noche, se dijo, las cosas que tiene que hacer uno por dinero. Y es que por dinero hacía todo aquello. A Chester le gustaban las cosas. Las cosas caras, las mujeres bonitas, el alcohol del bueno. ¿Qué culpa tenía él que todo aquello costase dinero? Y si había algo que tenían en la facultad de medicina de la universidad era dinero. Todos salían ganando. Total, ya estaban muertos, no se iban a enterar de nada. Sus familias podrían seguir viniendo a visitar y presentar sus respetos a aquella tumba vacía. Se afanó a retirar la poca tierra que quedaba sobre el féretro y se puso los guantes antes de abrirlo. Chester era un profesional, los profesionales usaban guantes. Allí estaba el difunto, sereno y apacible, como si estuviese sumido en un profundo sueño. Se fijó en el brillo de una cadena y sacó del bolsillo un reloj bastante bonito que se guardó en el bolsillo de su gabán; sería un desperdicio dejarlo allí. Se echó el muerto a los hombros y entre jadeos y gruñidos lo subió hasta arriba. Cómo pesa este hombre, se dijo Chester, y volvió a limpiarse el sudor de la frente.

Entonces, descendió de nuevo a cerrar el ataúd. Pero la tierra estaba húmeda y de un traspié acabó cayendo de espaldas dentro del ataúd. Sintió un dolor profundo en el trasero y en la cabeza, donde se había golpeado. Se sintió mareado, pero trató de levantarse. Y lo habría hecho, de no ser porque la tapa se cerró. Luego oyó un sonido metálico, el cierre, quizás. Algunos ataúdes llevaban uno, como si los muertos fuesen a salir de allí y necesitasen confinarlos. Masculló entre dientes mientras daba una patada y algunos golpes con los puños. No se abría. Podía ver rendijas, así que no se quedaría sin aire, pero hasta la mañana nadie podría ayudarle, si oían sus gritos. Por no hablar de que le pillarían y estaría metido en un buen lío. Rebuscó en sus bolsillos, tratando de dar con algo que le ayudase a salir de aquel atolladero. Paró un instante, escuchando, pues le había parecido oír algo. Quizás estaba de suerte y había alguien más allí. Lo que oyó fue una pala y luego tierra cayendo encima del ataúd. Pidió auxilio hasta quedarse sin voz, pero en la soledad de la noche, nadie podía escucharlo.

Nadie volvió a oír nunca más hablar de Chester Galloway.