La vieja de la nariz llena de verrugas tarareaba animada mientras removía el contenido de aquel caldero. Tenía un aspecto nauseabundo y un olor todavía peor. Danny temblaba hecho un ovillo dentro de la jaula en la que había sido confinado por aquella vil anciana. Su madre le había advertido cientos de veces que no se adentrase solo en el bosque y también acerca de la pérfida bruja que tenía allí su hogar, pero su curiosidad se había antepuesto aquella tarde y había ido a ver cuánto había de cierto en esas historias. Pese a todo, seguía confiando en que al menos una de ellas no fuese cierta: que se comían a los niños.

Con voz temblorosa se irguió y le preguntó a la bruja:

—¿Me vas a comer?

Ella soltó una risotada y le lanzó una mirada maliciosa sin dejar de remover en ningún momento.

—¿Para qué iba yo a querer comerte? Eres todo huesos. Ni pizca de carne.

—¿Entonces me soltarás?

Volvió a reír con más fuerza.

—No, chico. Tus días de correr alegremente por el bosque han terminado.

Él se echó a llorar y, entre lágrimas y mocos, llamó a su madre, a quien deseaba haber hecho más caso. De haberlo hecho, no se encontraría en aquella situación. La anciana frunció el ceño y su expresión se agrió.

—¡Basta! ¡No soportaré ni un segundo más esos quejidos lastimeros tuyos! Si vuelvo a oírlos te convertiré en babosa.

Danny calló al instante, conteniendo sus lamentos, aunque no sus lágrimas. Si no iba a soltarlo ni iba a comérselo, se preguntó qué planes tenía para él.

—Bien, esto ya está.

La anciana se apartó del caldero y cogió de un saquito un manojo de polvo verdoso antes de acuclillarse con dificultad frente a la jaula. Su sonrisa debía haberle indicado al niño que sus intenciones no eran buenas, pero no se vio venir cuando la anciana sopló y el polvo le hizo toser. Rápidamente, se notó mareado y débil, incapaz de resistirse. La jaula se abrió y la mujer lo arrastró hasta el caldero. Por un momento, le dio la sensación de ver tristeza en el rostro de la anciana. Lo apoyó en la parte superior del caldero, que estaba ardiendo, mientras lo asía por los hombros.

—¿Sabes cuántos años tengo, chico? Bueno, no llevo la cuenta exacta, pero yo ya era anciana cuando tu tatarabuelo ni había nacido. Tú vas a ayudarme a seguir coleccionando años.

Lo soltó y, con un pequeño empujón, lo hizo caer en el interior del caldero. Burbujeó y estalló con luces de mil colores. Ardió con el mismo fuego del infierno hasta que tras unos minutos se había evaporado todo y lo único que quedaba en el interior del viejo caldero era una densa gelatina, apenas un bocado. La anciana la tomó y la saboreó, de camino al espejo. Al principio no sucedió nada, pero momentos después su joroba se enderezó, sus arrugas se estiraron y su cabello adquirió color. La vejez, vieja amiga a la que ya estaba acostumbrada, se esfumó de su cuerpo.


Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.