Elijah se movía despacio por el sendero que cruzaba aquel oscuro y lúgubre bosque. Se acuclilló junto a la linde del camino y examinó el desmembrado cadáver de un corzo. Estaba lleno de arañazos y desgarrones en las partes que aún conservaba. Elijah conocía muy bien el dolor provocado por aquellas uñas afiladas como cuchillos. Sus brazos y su espalda daban buena cuenta de ello. El rastro estaba fresco, así que la criatura no podía andar demasiado lejos.

En lo alto de una loma, a un lado del sendero, se encontró con una vieja cabaña de cazadores. No parecía haber sido usada en bastante tiempo, a juzgar por su aspecto desvencijado. La naturaleza estaba reclamándola poco a poco. Quizás podría pasar la noche aquí si ese ser se me escabulle de nuevo, se dijo. Se acercó a echar un vistazo y constató lo que ya imaginaba: nadie había pasado por allí en algún tiempo. Dejó la cabaña atrás y trató de encontrar de nuevo el rastro de su presa.

Llevaba dándole caza ya varios meses. Lo había perseguido a lo largo de tres ducados y dos baronías y siempre acababa dándole esquinazo. Pero esta vez sentía que sería diferente. Aquella abominación pagaría todo el daño que había causado en su tierra natal. El daño que le había causado a él cuando le había arrebatado lo que más le importaba en el mundo. En cierto modo, lo que más le hacía bullir de ira era que ni siquiera había sido un plan deliberado. Solamente era una bestia guiada por sus instintos que el azar había llevado hasta allí. Aun así, había jurado sobre las tumbas de su marido y su hija que no descansaría hasta dar muerte a la criatura que los había matado.

Era ya bien entrada la noche, su estómago rugía de hambre, pues llevaba desde la mañana sin probar bocado alguno; temía perder el rastro si se detenía aunque fuesen unos minutos a comer. Pero no podía permitirse el lujo de tomarse un respiro. Había encontrado sus huellas y había seguido el rastro hasta el interior de una estrecha caverna. Lo oyó mucho antes de poder verlo. Oía gruñidos y carne siendo desgarrada. Ya había encontrado otra presa con la que saciar su hambre. La caverna ascendía hasta una zona abierta donde se colaba la luz de la luna, así que pudo contemplar a aquel ser. Arrancaba pedazos de carne de un ciervo y se los llevaba a esa boca llena de fauces como agujas. Arrancar. Engullir. Arrancar. Engullir. Elijah permaneció allí, como en trance, observándolo, durante algunos minutos. Se armó con la ballesta que llevaba a su espalda, la cargó y apuntó a aquella maldita bestia. Notaba su ira burbujear en su interior. Se vengaría. No iba a cambiar absolutamente nada, Elise y John seguirían muertos, pero necesitaba sentir que había hecho algo por vengar sus muertes, porque no hubiesen sido en vano. Las orejas de la criatura se movieron, captando el traqueteo de la ballesta y se giró en busca del origen de aquel ruido. Elijah apretó el gatillo.


Este relato forma parte del reto de escritura Writeober 2026 por witchy Kat.