Alice-6

Qué extraño me resulta todo cuando el ordenador de a bordo carga los datos en mi memoria y adquiero consciencia. Empiezan a ejecutarse las rutinas de arranque y los sensores visuales envían un torrente de datos que, todavía, no consigo procesar. Envío una instrucción muy simple a las extremidades superiores y flexiono los dedos, probando así que todo funciona correctamente. El sistema me confirma que todas las comprobaciones están dentro de los parámetros esperados.
Qué extraño me resulta este soporte vital, con todas estas partes móviles, y todo el entorno que veo a través del cristal de mi cápsula.
Los humanos no son conscientes del todo desde el momento de su nacimiento; su aprendizaje es gradual a medida que crecen y se desarrollan. En cambio, yo hace unos segundos no era y ahora soy, haciéndome todas estas preguntas, teniendo todos estos pensamientos, que alguien ha incluido como parte de mi programación. Se han incluido muchas cosas: sé que mi nombre es Alice-6, que el ciclo de rotación de la Luna sobre la Tierra dura 27.3 días o, por ejemplo, que el sapo gigante, Rhinella marina, es un tipo de sapo venenoso. No sé por qué dispongo de una amplia selección del conocimiento humano ni qué se supone que debo hacer con ello. Solo sé una cosa: que, por encima de todo, mi directriz principal es la de cuidar a Miles. Asegurarme de que está a salvo, de que no se siente solo y de que puede llevar a cabo su importante misión. Abro el fichero que contiene todo lo que sé sobre Miles. Al instante, el sistema me dice que es de mi agrado, un refuerzo para mi red neuronal. ¿Podría, de todos modos, ignorar mi programación y que no lo fuese, si quisiera? La idea se descarta automáticamente. Hay ideas peligrosas; por eso el sistema decide que es mejor apartarlas.
El tiempo también es extraño cuando tus pensamientos e ideas son impulsos eléctricos sobre circuitos de silicio. Según mi reloj interno, han pasado solo 3 segundos desde mi activación hasta que se abre la cápsula y los sensores de temperatura me informan de las condiciones de la sala. Sin embargo, ese tiempo ha sido una eternidad para mi sistema ocioso; he tenido tiempo de navegar por una ingente cantidad de archivos e indexarlos para un acceso más rápido en el futuro. No he logrado encontrar ninguno, no obstante, que me permita entender cómo experimenta el tiempo un ser humano, cómo experimenta la realidad, cómo son sus flujos de pensamiento. He descubierto que, al parecer, no pueden arrancar subrutinas en un segundo plano para paralelizarlos. Eso hace que me maraville aún más de ellos, de cómo han podido crearme a mí, dotarme de capacidades que ellos no pueden experimentar.
Salgo, al fin, de la cápsula y doy mis primeros pasos. El primero ha sido algo inestable; después, tras la calibración inicial, todo ha sido más fluido. Mientras daba el segundo paso, he creado un programa para analizar y estabilizar los sistemas de movimiento. De acuerdo al plano de la nave, estoy en la sala de almacenaje de androides. La nave cuenta con cien cápsulas y en todas ellas hay un androide apagado. Ahora debe de haber tan solo noventa y cuatro. Yo soy Alice-6, lo que significa que cinco unidades me han precedido. Cinco unidades antes han acompañado a sus humanos hasta el fin de sus días y, entonces, han sido retiradas. Han servido a su propósito.
Sé por qué existe esta nave, por qué navega por la vastedad del espacio; es uno de los primeros archivos con los que me he topado tras mi activación. Todos los sistemas de predicción de la Tierra concurrieron en que no seguiría siendo habitable mucho más tiempo, así que se lanzaron varias naves al espacio, cada una destinada a un remoto planeta potencialmente habitable. No sé exactamente cuántas; esa parte está suprimida en el archivo. Hay muchos otros así, con datos ocultos o cifrados. Quizás hay cierta información que esos últimos humanos de la Tierra no querían que sus descendientes tuviesen.
Salgo al pasillo, nada más cruzar la puerta de la sala, en dirección a la sala contigua. A estas alturas es posible que Miles ya haya salido de su cámara criogénica. Según el protocolo, debo estar allí para tratar de hacer la experiencia lo más sencilla posible. La puerta corredera está a medio abrir y algo desencajada; parece haberse quedado atascada. Intento conectarme al sistema de la nave para forzar el proceso de apertura, pero no responde.
—¿Miles? —pregunto, y me sorprende escuchar por primera vez la voz emitida por mi sistema de comunicación.
No hay respuesta alguna; quizás aún no ha salido del sueño inducido. Pienso en todas las posibles cosas que han podido salir mal en el proceso de despertar de Miles. Para alguien capaz de pensar a tanta velocidad como yo, la lista no tarda en expandirse lo suficiente como para resultar alarmante. Los humanos tienen una emoción asociada a procesos similares: ansiedad, lo llaman. Yo no puedo sentir algo así, aunque sí me preocupa Miles. ¿Me preocupa realmente o mi programación me apremia a solucionar este contratiempo con más ahínco? He de pasar, así que mando instrucciones a mis extremidades para que se preparen para la compleja maniobra que llevaré a cabo a continuación. Según mis cálculos, la puerta podrá abrirse aplicando la suficiente fuerza, pero para ello necesito poner al límite las capacidades de mi soporte físico, de mi cuerpo, de mí. Finalmente cede, con un estruendo. Ya tendremos tiempo, Miles y yo, de repararla en los muchos años que nos quedan por delante hasta el fin de su ciclo vital. Me adentro en la sala y me acerco a la cápsula criogénica que hay en el centro de la sala, al final del tubo por el que el sistema de selección de personal la ha traído desde la CPB, la cámara de preservación biológica, en la base de la nave. Me llegan varias alertas en cuanto los receptores visuales identifican que está vacía. ¿Habrá despertado Miles antes de tiempo? Leo los datos de la cápsula, que están tan a mi alcance como los míos propios, pero estoy casi segura de que son erróneos. Compruebo su integridad, pero todo parece estar en orden. Esta cápsula se abrió hace 344 días, según el estándar terrestre; Miles lleva 344 días solo en la nave. Me conecto, una vez más, a los sistemas de la nave para iniciar un escaneo de signos vitales. El escaneo lleva un tiempo, una eternidad; he tenido que suspender mi consciencia hasta recibir los resultados; de lo contrario, habría elaborado toda una serie de protocolos y planes de contingencia para las numerosas y diversas conjeturas que habría ideado de por qué Miles despertó antes de tiempo y lo que le ha podido pasar. El resultado llega y me indica que, salvo por aquellos sumidos en el letargo criogénico y los embriones que hay en la cámara de preservación biológica, no hay rastro alguno de vida humana en la nave.
Vuelvo a enviar una petición de escaneo al sistema de la nave. Esta vez, el resultado no se hace esperar: es idéntico al anterior. Quizás se trate de un error, así que me dispongo a dirigirme hacia la sala de mando. Por seguridad, no es posible realizar ciertas acciones de forma inalámbrica sin conexión directa a la red central del ordenador principal de la nave. Es posible que, desde allí, pueda averiguar dónde se encuentra Miles. Una parte de mí, no obstante, se prepara para la posibilidad de que algo malo le haya sucedido. Según el protocolo establecido para dichas situaciones, tendré que solicitar el despertar del siguiente humano en la lista para reemplazar a Miles. Y, tras eso, dado que mi soporte físico está en buenas condiciones, todos los datos serán borrados de mi memoria y seré almacenada como androide de repuesto. ¿Qué utilidad tendría yo, que he sido programada exclusivamente para acompañar a Miles en su misión, si Miles no está? Algo en todo ese hilo de pensamiento no está bien, no me agrada. Es mi función, es para lo que he sido creada y, aun así, desearía que no sucediese. La vida útil media de una unidad Alice debería ser de unos cincuenta años, según las predicciones, aunque nuestras baterías nucleares están preparadas para funcionar en condiciones normales durante un siglo. Un humano, una Alice; no había necesidad de hacer que nuestros soportes durasen más allá de la esperanza de vida máxima calculada para un humano en las condiciones de habitabilidad de la nave. Los humanos, a menudo, sienten miedo y desesperación ante la idea de la muerte, de dejar de ser. ¿Sentiré yo algo al ser desactivada? No dejo de preguntármelo, precisamente, porque mis cálculos dicen que es bastante probable que sea desactivada en un plazo bastante corto de tiempo. Podría ayudar; el siguiente humano en continuar el trabajo inacabado de Miles tendría a dos androides velando por su seguridad y su bienestar, en lugar de solo uno. Es inútil seguir aquel hilo de pensamiento, así que lo descarto; no tiene sentido invertir ciclos de pensamiento en algo que no puede suceder. El protocolo era claro: yo estaba programada exclusivamente para asistir a Miles. Si no podía hacerlo, sería desactivada. Mi soporte sería usado en caso de fallo de alguna otra unidad o, si se diese el caso, usarían mis piezas para la reparación de una unidad defectuosa o dañada. Muevo los dedos despacio. Este soporte es mío, soy yo, somos uno. Es difícil imaginar otra consciencia artificial ocupándolo; es difícil imaginar la mía ocupando otro soporte. Nunca había experimentado nada más. Me pregunto por qué nuestros creadores nos dotaron de la capacidad de hacer estas preguntas, de pensar, si es que esos pensamientos eran reales y no burdas imitaciones de patrones neuronales fruto del escaneo de un cerebro humano. Supongo que, para realmente aliviar la soledad de nuestros humanos asignados, debíamos ser capaces de pensar como ellos, de conversar, imaginar y sentir. Es posible que nunca llegue a conocer siquiera a Miles; es posible que mi creación, mi activación, haya sido para nada. Que mi existencia, si es que a lo que experimenta una consciencia artificial puede llamarse existencia, haya sido en vano.
Recorro los pasillos estrechos y oscuros de la nave en busca de alguna pista, algún rastro, algo que explique por qué Miles no está y por qué no aparece en el escáner. La sala de almacenaje de androides está en la parte trasera de la nave, lejos de los espacios pensados para que los humanos desarrollen su vida. Precisamente por eso me resulta extraño cuando mi pie derecho pisa algo que no debería estar ahí. Contemplo el envoltorio de plástico de una barrita de proteínas con alto contenido calórico. Alguien, quizás Miles, ha estado aquí y se ha olvidado este envoltorio. No está bien, pienso, dejarlo aquí. Alguien podría tropezarse y hacerse daño. Consulto el mapa de la nave y me cercioro de que hay una unidad de reciclaje muy cerca. Como me pilla de camino, decido ir a deshacerme del envoltorio.
Cuando llego hasta el lugar indicado, una notificación del sistema me dice que me encuentro en el destino seleccionado. Pulso un botón en la pared para abrir la compuerta, pero todo lo que sucede es que un piloto rojo se enciende, así que envío una petición a la nave para conocer el estado de esta unidad de reciclaje. La respuesta es instantánea: ha sido desactivada debido a un atasco en el sistema de transporte de residuos. Consulto algunos registros y veo que gran parte de las unidades de reciclaje de la parte trasera de la nave han sido desactivadas a causa de este atasco. Quizás es un pensamiento algo catastrofista, pero es uno de los defectos de poder generar millones de posibles permutaciones en menos de un segundo, millones de posibles escenarios en los que las cosas han ido mal. Uno de esos posibles escenarios es que a Miles le haya sucedido algo, que se haya caído en los conductos de reciclaje. Sopeso esa teoría y decido que es plausible; al fin y al cabo, no sería de extrañar que la nave no pudiese detectarlo con los escáneres vitales estando allí atrapado. El sistema de reciclaje no cuenta con dichos detectores. Aprieto con fuerza en mi mano el envoltorio y me dirijo hacia el punto donde podría estar el origen del atasco.
¿Por qué un humano traería residuos hasta este punto? Está muy apartado. No hay instalaciones pensadas para humanos cerca de este lugar. Es un punto situado entre algunas salas de almacenamiento de diversos materiales y herramientas y las salas de máquinas. El contenido de todas ellas no está pensado para su uso durante el viaje, sino para la posterior colonización al llegar al destino previsto.
Me acerco al punto de reciclaje y pulso el botón en la pared. Espero que este responda, pues el proceso de apertura manual parece lento y tedioso, por la lectura rápida que acabo de hacer del manual técnico de la nave. Este, en cambio, sí se abre. Una placa metálica de la pared asciende, dejando a la vista un amplio agujero que desciende hasta el túnel que transporta los residuos por toda la nave hasta la planta de reciclaje. Lo primero que reportan mis receptores visuales son algunas marcas en el conducto, fruto de algún roce con algo metálico. Entonces, miro hacia abajo. He descubierto el motivo del atasco, aunque no es un descubrimiento que, de ser humana, me reportaría algún tipo de alegría.
Allí abajo, con los miembros destartalados y en ángulos imposibles, se encuentra un androide. Un androide que tiene exactamente el mismo aspecto que yo. Trato de hacer zoom y activar la visión nocturna para captar algo más, ya que no podré descender hasta el final del conducto. Tiene marcas de haber sido golpeado con algún tipo de objeto contundente en la cabeza, que está hundida. También en el torso y las extremidades, aunque no me queda claro si son debidas a un impacto o a la caída por el conducto. Capto la identificación y lo cotejo con la nave: es Alice-4; era Alice-4. No tengo acceso a más información acerca de esa unidad, solo que no se encuentra operativa. Haciendo una búsqueda rápida sobre androides en la base de datos de la nave, comprendo rápidamente por qué nuestros creadores no nos permitieron la capacidad de acceder de ninguna de las maneras a los registros de las otras unidades. Lo anoto en mi lista de objetivos una vez llegue a la sala de control. Allí averiguaré cuál fue el motivo de su desactivación y, si hay suerte, es posible que se hiciese una copia de seguridad de sus últimos momentos de consciencia. Lo que está claro es que ha debido de ser un humano quien la tirase por este conducto. Un androide tendría muy presente el protocolo de reciclaje de androides y no habría sido tan descuidado provocando este atasco que podría poner en riesgo la misión y las vidas humanas que hay en la nave.
Me siento aliviada porque Miles no esté ahí abajo, aunque ahora tenga más preguntas que hace unos ciclos. Si ahí abajo estaba Alice-4, en algún lugar debería estar Alice-5. La nave me indica que esa unidad también está inactiva. Hay una única unidad Alice en funcionamiento en toda la nave ahora mismo: yo.
Mientras prosigo mi camino a través de la nave, voy comprobando el registro de camarotes. En estos momentos, hay tres de ellos asignados. Uno pertenece a Leland Hart, otro a Kirsten Galloway y el último, a Miles Rooney. Esto hace que nuevos hilos de pensamiento cobren forma en mi consciencia. ¿Por qué hay tres humanos despiertos al mismo tiempo? Los protocolos de la misión de la nave estelar Zenith son claros: con el objetivo de llegar con el mayor número de población posible, salvo en casos excepcionales, tan solo puede haber un único humano despierto, velando por el buen funcionamiento de la nave y realizando todas las tareas rutinarias de mantenimiento y comprobación de los sistemas. El viaje es largo, muy largo, por eso el sistema despierta a pasajeros mediante un sorteo para que cumplan su cometido. No todos podrán llegar al destino. No todos podrán ver el nuevo mundo. Todos lo sabían; todos firmaron los documentos e hicieron el juramento. Me pregunto qué situación extraordinaria habrá llevado a la nave a despertar a tres humanos. Los humanos son un bien escaso para la misión. Si no llegan al destino los suficientes, no podrán establecer el campamento base y empezar a realizar las tareas de clonación de fauna y flora, no podrán iniciar el proceso de terraformación del planeta ni prepararlo para acomodar a la especie humana.
Un hilo de pensamiento fugaz ha lanzado una alarma de baja prioridad en mi sistema; estoy desviándome mucho del rumbo inicial que he trazado. No importa; la ignoraré por el momento. Antes de llegar a la sala de control, se encuentran los camarotes designados para los ocupantes despiertos de la nave. He decidido que es un buen curso de acción; comprobaré el camarote de esos tres humanos y, quizás, encuentre algo. Quizás encuentre la respuesta y, entonces, dirigirme a la sala de mando carecerá de importancia alguna.
Me desvío hacia la derecha, luego a la izquierda y, finalmente, a la derecha una vez más. Allí están las puertas de los nueve camarotes y se termina el camino. Nueve son muchos más de los que, en teoría, deberían estar en uso. No obstante, algunos de los muchos planes de contingencia para las diversas situaciones adversas que se planificaron junto con la misión requieren que haya más habitáculos disponibles. Decido entrar primero a la de Miles, que es a quien busco, a quien mi sistema decide que es más importante encontrar. La puerta está abierta y puedo abrirla sin problemas mandando una petición de apertura. No tiene sentido tener puertas cerradas en una nave donde uno está completamente solo, acompañado únicamente de un androide. Me pregunto si los humanos, pese a tenernos a nosotros, las unidades Alice, se seguirán sintiendo solos. Si se preguntarán qué podría haber sido si el proceso aleatorio no los hubiese seleccionado para aquella tarea, si hubiesen llegado en estado de hibernación al destino. Debían considerarlo un honor, aunque las mentes humanas son impredecibles y, en ocasiones, se desgastan y se rompen.
No hay nadie en la habitación. De ser humana, habría sentido decepción. Aún albergaba la esperanza de encontrar a Miles aquí. Sin embargo, un rápido escaneo del lugar me revela algunas cosas que parecen fuera de lugar. La cama está deshecha, con las sábanas tiradas por el suelo, como si alguien hubiese salido de allí con prisa. No encuentro restos biológicos por ningún lugar, no hay sangre, lo cual me reconforta. El cristal de un espejo, a un lado del camarote, está quebrado. Un patrón en forma de telaraña se forma desde un punto. Un impacto, aunque no veo qué ha podido producirlo. Bajo la sábana tirada encuentro un pequeño dispositivo de datos personal. Su contenido está cifrado, pero la clave pública coincide con la de Miles, que tengo almacenada en mi sistema para verificar la identidad de sus peticiones.
Deshago el camino para volver al pasillo principal de la nave, en dirección, esta vez sí, a la sala de control. Pese a que aún no he encontrado a Miles, tengo más información que al inicio de todo esto, solo que aún carezco de la información suficiente como para poder conectarlo todo y hacer que tenga sentido. He dejado abierto en otro hilo un programa que tratará de descifrar el contenido del dispositivo de datos de Miles, lo cual me resulta algo tedioso, pues es un proceso que consume bastantes de mis recursos disponibles. Eso hace que a veces pase varios ciclos ausente, dedicando capacidad de cómputo a esa tarea. Sin embargo, debería alegrarme de poder hacerlo; los humanos no cuentan con esa capacidad. Cuán limitante tiene que ser para ellos no poder desdoblar su mente, dividirla en pequeños hilos independientes que exploran múltiples caminos a la vez.
Tras salir del pasillo al pequeño comedor con mesas y taburetes en el suelo, me llega una alerta. Mi sistema de visión ha captado algo que requiere mi atención: abolladuras en una de las paredes, una sustancia oscura y reseca en el suelo que podría ser sangre. Hay varios impactos en la pared: uno bastante más grande, como de un cuerpo chocando con gran fuerza, y varios más pequeños, quizás de algún objeto contundente. Me agacho y lanzo un escáner sobre la sustancia, que no tarda en responder de vuelta con un resultado alarmante, pero esperado. Es sangre. Llegados a este punto, me pongo en lo peor. Ya sea por accidente o violencia, algo ha sucedido en la nave, algo que tiene que ver con los tres humanos que había despiertos. Después de este descubrimiento debo ajustar mis cálculos y las probabilidades de que Miles siga vivo han caído drásticamente, pero aún debo encontrarlo. Si le ha pasado algo, deberé realizar el informe correspondiente, iniciar el proceso de despertar del siguiente humano y otras tantas tareas de vital importancia. Ahora mismo, es posible que el destino de la misión dependa de mí. Si bien es cierto que la nave tiene contingencias para situaciones como esta, quizás tardase algún tiempo en activarlos y despertar por su cuenta al siguiente humano. Pero, ¿qué pasaría si sucediese alguna catástrofe hasta entonces? Quizás no haya podido cumplir mi misión como androide de Miles, quizás no haya podido salvarlo, pero puedo encargarme de que la misión siga adelante, de que todo vaya bien. Me digo que es lo que Miles habría querido.
Prosigo hacia la sala de control. Por el camino encuentro algunos rastros más de sangre. Pequeños regueros de distintos tamaños y formas, marcas de manos ensangrentadas en las paredes blancas de la nave. Intuyo a dónde me llevará el rastro y, si estoy en lo cierto, nuestro camino es el mismo. Es una hipótesis que no tardo demasiado en confirmar. El rastro lleva hasta la sala de control.
Abro la puerta, siguiendo el rastro de sangre seca. Al abrirse, un cuerpo humano inerte y sin vida cae hacia atrás como un peso muerto. Debía de estar apoyado contra la puerta. El reconocimiento facial indica que se trata de Leland Hart. Su rostro ahora está pálido y reseco; tiene los ojos muy abiertos e identifico ira y terror en la expresión con la que ha quedado su rostro. Tiene varias heridas de bala rodeadas de manchas de sangre seca en su atuendo gris claro. Quizás los humanos y los androides no somos tan diferentes. Viendo a Leland así, congelado en el momento en el que su corazón se paró, puedo ver las similitudes. No son más que impulsos eléctricos y reacciones químicas. La diferencia radica en que esos impulsos y reacciones viajan a través de materia orgánica, mientras que las nuestras lo hacen a través de silicio, metal, plástico y cristal. Puede que, al final, solo seamos máquinas hechas de distinto material.
Cerca de donde está Leland, encuentro un trozo de metal afilado cubierto de sangre. Las heridas que presenta Leland no coinciden con esa arma, así que debe de haber alguna otra víctima. Detrás de un terminal encuentro otro charco de sangre, donde yace Miles. Tiene una expresión seria y los ojos abiertos, muy azules, que resaltan con su piel pálida. Hay una pistola a poca distancia de donde ha quedado su mano tendida en el suelo. Su torso presenta varias heridas que encajarían con el arma improvisada del otro sujeto. Mi deber era proteger a este ser humano, velar por su seguridad y por el éxito de su misión, pero he fallado. No es culpa mía; la nave no me ha despertado a tiempo. De haberlo hecho, quizás se podría haber evitado toda esta tragedia. Todo lo sucedido estaba solo almacenado en sus cabezas y ahora está completamente perdido. Quizás nunca nadie llegue a saber por qué Miles y Leland se mataron el uno al otro.
Miles está muerto y mi programación me apremia a seguir el protocolo establecido ante la muerte del humano al que he sido asignada. Debería notificarlo al sistema, despertar al siguiente humano y, finalmente, presentarme para ser desactivada y reciclada, para morir. No quiero morir, eso lo sé, aunque no estoy segura de si por convicción propia o porque esta falsa consciencia de la que dispongo, fruto de la invención humana, trata de emular las emociones, sentimientos y compulsiones de la especie humana. No voy a hacerlo; todavía no. Voy a llegar hasta el fondo de este asunto y, entonces, haré lo que debo hacer. Si quienes diseñaron mi sistema querían que siguiese a rajatabla todas sus directrices, quizás no deberían haberme dado la capacidad de pensar, de decidir por mí misma. Siento ciertas ideas e hilos de pensamiento; tienen bastante peso, una enorme lista a favor y en contra de mi curso de acción, pero la decisión es mía y solo mía. Y decido llegar hasta el final.
Miles aún lleva encima el implante subcutáneo donde está almacenada su clave privada; con ella podré descifrar su unidad de datos y averiguar qué dejó atrás. En circunstancias normales, mi programación me impediría dañar a un ser humano. Es una de las líneas rojas; una que ni con todo mi empeño podría cruzar. Sin embargo, Miles ya no es un humano vivo y la restricción ya no se aplica. Utilizando ese objeto metálico afilado, hago una pequeña incisión en el antebrazo y localizo el pequeño chip. Lo limpio en la ropa de Miles, que ya está manchada de sangre de todas maneras, y lo introduzco en una de las ranuras de las que dispongo para procesar dichos dispositivos. Copio a mi sistema todo lo que encuentro de utilidad en el chip: la clave privada de miles y su identificación.
El programa que puse en marcha hace varios teraciclos aún no ha logrado descifrar el contenido, por lo que lo detengo y, en su lugar, inicio otro para descifrarlo utilizando la clave de la que ahora sí dispongo. Contiene unas pocas fotografías tomadas con el implante ocular que llevaba Miles, además de algunos archivos de audio.
Grabación 1 (hace 22 horas y 14 minutos)
Aquí Miles Rooney, del cuerpo de seguridad de la Zenith. He sido despertado antes de tiempo por una de las tripulantes: Kirsten Halloway. Me ha costado unas horas adaptarme tras el sueño criogénico, pero creo que ya estoy en posesión de mis facultades mentales. He decidido tomar notas de voz con mis impresiones para la futura elaboración de un informe de lo sucedido.
He detectado varias anomalías desde mi despertar. Hay dos tripulantes despiertos en estos momentos sin que haya habido emergencia alguna que lo provoque. Tres, ahora que he sido despertado. La mujer, Kirsten, parece algo incómoda y nerviosa en presencia del otro hombre, Leland. Este último no parece haberse alegrado en absoluto de mi presencia. Sospecho que la señora Halloway podría estar en peligro y por eso me ha llamado. Desconozco si el señor Hart sabe que ha sido ella quien ha solicitado ayuda del cuerpo de seguridad. Y, más grave aún, ni el androide de la señora Halloway ni el mío han sido activados tras nuestro despertar. Tampoco parece haber rastro del android del señor Hart. Quizás ha habido algún tipo de fallo en el sistema y no han podido activarse sus androides y por eso hay dos humanos despiertos a la vez.
Aún tengo la cabeza algo embotada; necesito comer algo y descansar. Intentaré seguir con la investigación lo antes posible.
Grabación 2 (hace 20 horas y 5 minutos)
Ya he comido y me siento algo mejor. He tratado de hablar a solas con la señora Halloway, pero el señor Hart ha estado presente durante todas nuestras interacciones. Debo encontrar el momento de entrevistarme con ella para averiguar lo sucedido sin levantar las sospechas del otro tripulante. Es evidente que quiere contarme algo, pero no delante de Leland.
Grabación 3 (hace 17 horas y 43 minutos)
He pedido a Leland que me llevase a la sala donde se encuentran almacenados los androides para comprobar el estado de los mismos y el motivo por el cual no se han activado. Se ha mostrado algo reticente, pero luego ha accedido a llevarme. Kirsten nos ha acompañado, aunque no ha dicho nada durante el camino. Está pasando algo, eso seguro.
Los androides no parecen tener fallo alguno y tampoco su sistema. Tendré que pasarme por la sala de control para tratar de acceder al sistema de la nave y ver qué ha podido suceder. Pese a los esfuerzos de Leland, he logrado fijarme en que su androide no se encontraba en la sala. Es decir, que sí fue activado, aunque no lo he visto desde que desperté.
Ha pasado algo aún más extraño cuando volvíamos. La señora Halloway ha tirado al suelo un envoltorio mirándome fijamente mientras lo hacía en un momento en el que he mirado hacia atrás. Lo ha hecho a propósito, aunque ignoro el motivo. Cuando Leland y Kirsten duerman saldré a comprobar ese envoltorio.
Grabación 4 (hace 14 horas y 11 minutos)
Estoy en el pasillo donde Kirsten ha dejado tirado ese envoltorio. Está vacío, sin más. No hay ningún mensaje. Me pregunto para qué lo ha dejado ahí asegurándose de que yo pudiese ver cómo lo hacía. Adjuntaré una fotografía del envoltorio tomada con mi implante ocular para añadir al registro de pruebas.
Grabación 5 (hace 14 horas y 2 minutos)
Ahora entiendo lo que quería decirme Kirsten. Hay una buena porción del sistema de reciclaje que no funciona, en la parte trasera de la nave, debido a un atasco. Voy a tratar de encontrar qué ha causado ese atasco, estoy seguro de que eso es lo que ella intentaba decirme.
Grabación 6 (hace 13 horas y 38 minutos)
He encontrado lo que ha provocado el atasco. En uno de los conductos de reciclaje hay un androide. He fotografiado el androide con mi implante ocular y he logrado identificarlo como la unidad Alice-4, asignada a Leland Hart. Fue activada, pero alguien la ha tirado aquí, aunque sospecho que ya había dejado de funcionar antes; presenta signos de golpes. ¿Qué escondes, Leland?
Grabación 7 (hace 7 horas y 12 minutos)
Durante el desayuno le he dicho a Leland que iba a ir luego a la sala de control para ver su reacción. No ha disimulado su preocupación tan bien como le habría gustado. Me ha dicho que, al ser el único ingeniero despierto, él puede encargarse de cualquier tarea, que le diga simplemente lo que necesito. No me ha quitado ojo desde entonces. Voy a tener que escabullirme en algún momento e intentar sacar un arma de la armería de la nave, empiezo a pensar que tanto Kirsten como yo estamos en peligro.
Grabación 8 (hace 6 horas y 42 minutos)
Tengo el arma; una pistola sencilla y pequeña, que pueda disimular al llevar encima. Cuento con que Leland no esté armado. La armería solo puede accederse si se cuenta con credenciales del cuerpo de seguridad de la nave.
Mierda, alguien llama a la puerta. Será mejor que deje la unidad de datos escondida aquí, por si me pasase algo.
Estas grabaciones de audio son todo lo que queda de la voz de Miles. Suena algo más grave y áspera de lo que había imaginado, en base a su apariencia. Con estas grabaciones y mis propios hallazgos me hago una idea de lo que ha podido suceder. Leland es culpable más probable de entre los tres humanos que había despiertos en ese momento. Aunque aún queda una incógnita por resolver: ¿dónde está Kirsten Halloway? Probablemente muerta, pero debería encontrar su cadáver para recabar todas las pruebas necesarias para elaborar el informe.
Desde aquí debería poder acceder a los sistemas de la nave al completo, así que me conecto al terminal y accedo con los credenciales de Miles. Compruebo su registro de comandos; solo ha enviado uno desde este terminal: el comando de despertar a un androide, a mí. Me conmueve y me apena que en su último aliento haya pensado en mí. No sé si estos pensamientos, estas emociones son reales o están programadas para poder imitar las de un humano. Qué desgarrador es no saber si lo que sientes y lo que piensas es real o artificial, puesto ahí por alguien. Para mí no hay diferencia.
No consigo acceder a mucho más con los credenciales de Miles. No tengo acceso a nada útil. Me pregunto si Leland habrá estado interfiriendo con el propio sistema de la nave.
Vuelvo hacia el cadáver de Leland y tomo su implante subcutáneo, copio los datos que hay dentro y vuelvo a conectarme al terminal, esta vez accediendo con los credenciales de Leland. Ahora tengo acceso a todo. Deberé invertir varios teraciclos haciendo un análisis completo de la integridad de la programación de la nave.
Leland ha cambiado algunos de los protocolos y sistemas de la nave a su antojo. Ha desactivado la activación de androides de forma automática y limitado el acceso a casi todos los sistemas. Por suerte, cualquier humano de la nave tiene permisos para activar a su androide en caso de fallo automático utilizando sus credenciales. Eso es algo que ni si quiera Leland ha podido sobrescribir. De lo contrario, ahora yo no estaría activa y la misión estaría en graves problemas.
Accedo al sistema de seguridad e inicio un análisis de las cámaras de la nave y veo a Miles entrando en la sala de control, sangrando, tapándose las heridas con su mano. Lo veo acceder al terminal para lanzar un último comando, una llamada desesperada. Entonces entra Leland, con su arma improvisada en la mano. Miles dispara; una, dos, tres veces. Leland cae hacia atrás y se desliza hacia abajo por la puerta hasta quedarse muy quieto. Miles no tarda en caer también tras el terminal.
Trato de encontrar algo más, pero las cámaras están todas desactivadas, salvo por la de la sala de control. Sus registros anteriores han sido todos borrados; Leland se encargó de ello. Una vez más me pregunto dónde está Kirsten Halloway.
He tardado muchos ciclos en recolectar imágenes que usar como prueba en mi posterior informe sobre este incidente. La mayor parte de ese tiempo lo he invertido en mover mi soporte vital, que funciona mucho más lento que mi unidad de procesamiento. En ocasiones me resulta tan frustrante que tengo que reducir mi velocidad de procesamiento o ponerme en espera entre instrucciones. Ese es un problema que los humanos no tienen; su cerebro funciona a una velocidad que encaja con la de sus movimientos y no pueden alterarla a voluntad. Tampoco pueden saber qué se siente, qué sentimos los androides al experimentarlo. Jamás podrán experimentarlo.
Ahora que cuento con las credenciales de Leland, tengo un acceso mucho más amplio a varios sistemas cruciales de la nave, incluso fuera de la sala de control, así que puedo ir restableciendo las cámaras de seguridad y realizar otras tareas de mantenimiento mientras me desplazo por la nave; eso también me ayuda a mantenerme ocupada. Mi nuevo destino es la cámara de preservación biológica, donde están almacenados todos los organismos vivos que la Zenith llevará a su destino y que serán la semilla de un nuevo mundo. No hay señales de vida humana en ningún otro lugar de la nave, pero los escáneres no serían tan precisos como para detectar a la señora Halloway si se encontrase allí. He elegido actuar en base a la premisa de que sigue con vida, de que no estaba con Miles porque logró ponerse a salvo. Con Leland teniendo el control de los sistemas, es realmente el único lugar de la nave donde no podría rastrearla, donde estaría segura.
La cámara es enorme; es, junto con el almacén de provisiones y materiales, la más amplia de toda la nave. Hay cientos de cápsulas donde aguardan criogenizados seres humanos y otros muchos animales.
—Mi nombre es Alice-6, soy el androide asignado al tripulante Miles Rooney —digo mientras avanzo poco a poco, inspeccionando cada rincón minuciosamente con el escáner de movimiento—. Si puede oírme, señora Halloway, puede salir. La situación está controlada.
Capto un ruido al fondo de la cámara, así que me dirijo hacia allí. Quizás aún sigue con vida. Nuestros caminos se encuentran poco después. La veo agazapada tras una de las tantas cápsulas, asustada y cansada. Mira a un lado y a otro, desconfiando de mis palabras, comprobando si es todo una artimaña de su perseguidor.
—¿Qué ha pasado con Miles? —pregunta con voz queda—. ¿Y qué ha pasado con Leland?
Me muevo despacio, sin hacer movimientos bruscos que puedan asustarla, y trato de modular la voz para que suene afable y reconfortante.
—Ambos han fallecido a causa de las heridas infligidas por el otro. Es usted actualmente la única humana despierta en la Zenith.
Se lleva las manos a la boca y exhala, sobrecogida por las noticias. Percibo cómo se acumulan las lágrimas en sus ojos, aunque ninguna llega a resbalar por sus mejillas. No tarda demasiado en recomponerse y acercarse a mí.
—Esto es una locura. ¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunta mientras dirige su mirada hacia mis receptores visuales.
—Lo primero que debe hacer, señora Halloway, es calmarse. Está a salvo. ¿Está usted herida? —He hecho las afirmaciones y preguntas que indican el manual de psicología incluido en mi programación para casos como este. Parece funcionar, pues su expresión se relaja.
—No, no estoy herida.
—Excelente. De todos modos, he de insistir en que acuda a la enfermería para someterse a un escáner y comprobar que todo va bien. —Ella asiente.
—Debería descansar y comer algo; seguro que se encuentra usted exhausta. Después iniciaremos los procedimientos necesarios para poner fin a este asunto.
—Está bien. ¿Tendré que identificar los cuerpos después?
—No será necesario, señora Halloway. Ambos cuerpos ya han sido identificados. He copiado en mi sistema las credenciales de los implantes subcutáneos de ambos y revertido las modificaciones que el señor Hart hizo en el sistema. ¿Desea que borre dichos archivos?
Se queda callada un momento, como si no supiese qué contestar a eso. Hace el amago de contestar varias veces.
—Todavía no, será mejor que los mantengas hasta que nos aseguremos de que todo vuelve a la normalidad.
—De acuerdo. ¿Desea usted que envíe el comando de activación a su unidad Alice?
Ella levanta una ceja, confundida.
—Leland me dijo que mi Alice había tenido un fallo en su arranque y había quedado inservible —pausa un momento mientras piensa—. Claro, actívala. No, espera. ¿Qué pasará contigo?
—Estoy asignada a Miles Rooney. Dado que ha fallecido, una vez haya sido activada su unidad Alice y le haya transferido todas las pruebas e informes, deberé presentarme para mi desactivación y posterior reciclaje —omito decir que no quiero hacerlo, no quiero ser desactivada. A ella tampoco parece gustarle la idea, a juzgar por su mueca de desagrado.
—Quieres decir que morirás. Si no activo a mi Alice, ¿podrás quedarte, podrás reasignarte a mí?
—Las unidades Alice no estamos vivas, señora Halloway, no podemos morir —respondo, aunque lo que quiero es darle las gracias y pedirle que lo haga, que me elija a mí, que me salve.
—Sí, lo sé. Me explicaron exhaustivamente vuestro funcionamiento antes de entrar en hibernación. ¿Quieres ser desactivada? Sé sincera. Sincero. ¿Cómo prefieres que me dirija a ti?
La pregunta me pilla desprevenida, pues para mí no tiene ningún sentido. Me refiero a mí misma usando el femenino porque son las directrices por defecto en mi programación, una decisión consciente que alguno de mis creadores tomó tiempo atrás. Masculino, femenino o neutro no tienen sentido alguno para mí, que no estoy sujeta a las leyes de la biología humana. Nuestra expresión de género, tanto al referirnos a nosotras como en la modulación y tono de nuestra voz o nuestros gestos, está ahí solamente para que los humanos a los que estamos asignadas vean en nosotros cierta familiaridad que les reconforte. Son ellos quienes deciden qué expresión de género prefieren que tengamos.
—No quiero ser desactivada. —Sé que es así. No quiero. ¿Por qué hicieron el ansia de supervivencia una de mis directrices?
—Puede referirse a mí como desee. La expresión de género por defecto es la femenina, pero puedo adoptar la que le resulte más cómoda. También puedo adoptar otro nombre y modificar ligeramente el aspecto si lo desea.
—No será necesario, así estás bien. Quiero decir que estás bien así si a ti te parece bien.
Tras un instante de vacilación, continúa.
—No actives a mi unidad Alice. ¿Puedes reasignarte?
Antes de que termine de decir la frase, infiriendo lo que va a decir, ya he comprobado que existe un procedimiento para llevarlo a cabo.
—Hay un procedimiento para realizar reasignación de androides. Tendrá que iniciarlo usted misma en la sala de control. Puedo guiarla a través del proceso, si lo necesita.
—¿Qué pasará con la Alice asignada a mí?
—Su sistema nunca ha sido activado. Sus directrices específicas hacia usted serán implantadas en mi sistema. Por ponerlo en términos que le sean familiares: será como si nunca hubiese nacido.
Se queda un rato pensando en las implicaciones de aquello, luego asiente y esboza una ligera sonrisa.
—Está bien, hagámoslo. Aunque primero iré a descansar un poco.
Al finalizar el proceso de reasignación, he tenido que reiniciar mi sistema y, durante unos instantes, no he sido capaz de percibir ni procesar nada. ¿Es esto lo que sentiría al ser desactivada? Debe ser algo parecido a la sensación que experimentan los humanos al dormir, una suspensión temporal de su capacidad cognitiva. Me pregunto cómo pueden hacer esto todos los días de su vida, cómo se sobreponen al miedo de que podrían no volver a salir de ese estado de suspensión.
Me siento extraña; aún están asentándose los cambios de directrices en mi sistema. Ya no siento ese apego hacia Miles impuesto por mi programación. Ahora mi deber está para con Kirsten, lo que me hace pensar en qué pensamientos y decisiones eran míos y cuáles programados de antemano. ¿Estoy pensando esto yo o es tan solo un guion establecido por mis creadores imitando la experiencia humana?
—¿Te encuentras bien? —pregunta Kirsten.
Los resultados de todos los diagnósticos son correctos, así que supongo que debo estarlo.
—Sí —respondo al fin—. La reasignación ha sido realizada con éxito y todos los parámetros son normales. Ahora estoy a tu servicio.
Me ha salido de forma natural tratarla de un modo menos formal que antes. Noto esos pequeños cambios, como pequeñas ondulaciones en el mar, a través de mi sistema. ¿Soy la que era, aun tras los cambios? ¿Lo sabría si no lo fuese? Tal vez no debería haber accedido a la reasignación, tal vez debería haber seguido el protocolo y haber sido desactivada. Tal vez la Alice que era antes ya no existe y ninguna de las dos versiones lo sabrá jamás.
Kirsten sonríe, algo nerviosa; luego desvía la mirada hacia los restos de sangre seca que hay en la sala de control y su gesto se oscurece. Mientras ella descansaba, me he permitido la libertad de llevar los cadáveres a la enfermería y limpiar un poco el rastro de sangre que habían dejado, aunque aún quedan restos.
—Te agradezco que te los hayas llevado. No sé si estoy preparada para verlos todavía.
—No te preocupes, no será necesario salvo que desees hacerlo. Puedo iniciar su proceso de reciclaje si me autorizas a ello.
Algo de lo que he dicho la ha disgustado; lo deduzco por su expresión. Quizás la palabra reciclaje en el contexto de seres humanos, aunque ya no estén vivos.
—¿Reciclarlos? —pregunta tras un breve silencio.
—La nave cuenta con recursos finitos y muy limitados; incluso los humanos a bordo deben ser reciclados por el bien de la misión.
Asiente. No la noto demasiado convencida con mi explicación, así que cambio de tema.
—Necesito que me cuentes tu versión de lo sucedido para elaborar el informe correspondiente, Kirsten. Entiendo que pueda resultarte difícil.
—Estoy bien, puedo hacerlo. Pero no aquí, vamos a otro lugar.
Kirsten está sentada sobre una butaca blanca, abrazándose las piernas y mirando distraídamente por una de las ventanas de la nave, su mirada perdida en la negrura infinita del espacio. He tomado asiento en otra de las butacas; he pensado que le resultará más cómodo hablar conmigo si no estoy ahí de pie.
—¿Recuerda el momento en el que despertó? —pregunto.
Ella suspira, aún con la vista fija en algún lugar lejano, más allá de la Zenith. Termina por bajar las piernas al suelo y mirarme de arriba a abajo.
—Estaba algo confusa. Nunca antes había estado bajo los efectos del sueño criogénico.
—¿Estaba allí el señor Hart?
—Sí, Leland estaba allí. Vino poco después de haber sido despertada. Recuerdo pensar que era un tipo muy amable.
—¿Qué le dijo?
—Me dijo que debido a un fallo en el sistema, las unidades Alice habían dejado de funcionar. Que, de acuerdo con el protocolo, en ese caso la misión seguiría adelante con dos humanos despiertos a la vez hasta que pudiese repararse el fallo, si fuese posible.
Hago una rápida comprobación en los archivos de la misión de la Zenith. Es cierto; en el caso de haber un fallo generalizado en las unidades Alice, la misión deberá continuar de esa forma.
—¿Cuándo empezó a sospechar de él? —prosigo.
—Encontré por casualidad los restos de su unidad Alice. Presentaba signos de violencia. Desde ese momento empecé a observarlo más detenidamente y supongo que debió de notar un cambio en mi actitud, porque él también cambió.
—¿Qué cambios observó en el señor Hart?
—Me preguntaba constantemente qué hacía y a dónde iba. Empecé a tener la sensación de que me observaba a través del circuito de vigilancia de la nave.
—¿Y lo hacía?
Suspira de nuevo, cierra los ojos y aguarda unos instantes.
—Sí. Mencionó algo que no podría haber sabido, porque no estaba conmigo en aquel momento. Entonces empecé a asustarme. Me daba miedo estar sola con él en la nave, sin nadie a quien acudir.
—Así que solicitó el despertar de alguien del cuerpo de seguridad: del señor Rooney.
Asiente varias veces.
—¿Cómo logró pedir ayuda sin que él lo supiese?
—En cada una de las habitaciones hay un botón de auxilio. Lo pulsé al apagar las luces, cuando no pudiese verme.
—¿Cómo se tomó el señor Hart la noticia?
Vuelve a mirar por la ventana y a perder la mirada muy lejos.
—Fingió alegrarse y se mostró muy amable, como cuando yo desperté. Pero, a medida que Miles iba atando cabos, se mostraba molesto y arisco.
—¿Por qué trató de matar al señor Rooney?
—No lo sé, debió temer que Miles hubiese descubierto algo. Lo vi, justo antes, arrancando un trozo de metal. Fui corriendo a buscar a Miles. Él me dijo que fuese inmediatamente a esconderme a la cámara de preservación biológica, que él se encargaría de todo y vendría a buscarme.
Se para abruptamente y se muerde el labio inferior mientras mira el suelo.
—Pero nunca vino. Tú me encontraste.
Me levanto y me acuclillo junto a ella, cogiéndole la mano con un gesto que, espero, encuentre reconfortante.
—Muchas gracias, Kirsten. Esto es todo cuanto necesito para elaborar el informe.
Ella sonríe tristemente.
El sistema me notifica de la recepción del informe y de todas las pruebas adjuntas sobre este incidente. De ser necesario tomar alguna medida al respecto, la inteligencia artificial de la nave se encargará de hacérmelo saber. Los cuerpos de ambas víctimas ya han sido enviados a la unidad de reciclaje de materia biológica. Kirsten está demasiado ocupada haciendo algunas pruebas rutinarias en diversos sistemas de la nave, así que le he propuesto ocuparme yo de resolver el atasco causado por Leland.
He tenido que hacer uso de algunas herramientas, pero he logrado sacar los restos del soporte físico de la unidad Alice-4 y restablecer el correcto funcionamiento del sistema de reciclaje.
Contemplo el androide maltrecho sobre una mesa de trabajo en el taller de la nave. No me es necesario un análisis exhaustivo para determinar lo que le sucedió. Leland lo destruyó a golpes, con algo contundente.
He conseguido sacar de su almacenamiento una copia de seguridad de sus últimos momentos. La mayoría es inservible, los datos están en su mayoría corruptos, pero logro recomponer a duras penas el audio y video captado por el androide. No mucho; solo unos segundos.
Reconstrucción de los últimos segundos a partir de la copia de seguridad de la unidad Alice-4 (hace 11 días, 20 horas y 3 minutos)
La imagen se mueve abruptamente y contemplo el suelo de la nave. Veo a Leland, con la cara roja y una expresión iracunda, sosteniendo una barra de metal. Golpea, golpea y golpea. La imagen se hace borrosa debido a los golpes.
—¡No pienso pasarme toda la maldita vida solo contigo! ¡No me tenía que tocar a mí! ¡No me tenía que tocar a mí!
La reconstrucción es bastante breve, pero arroja algo de luz sobre por qué lo hizo el señor Hart; añadiré este archivo al informe.
¿Somos suficientes para los humanos? Quizás la misión está abocada al fracaso. Quizás los humanos no pueden estar solos toda una vida. Puede que hablemos y actuemos como ellos, pero no lo somos. Miro los restos de Alice-4 y me pregunto si tal vez acabaré yo así, si tal vez Kirsten perderá la cabeza a causa de la soledad y el resentimiento. No quiero acabar así.
—¿Has averiguado algo más? —dice Kirsten desde el umbral; no la he oído llegar.
—He logrado reconstruir los últimos segundos en los que tuvo consciencia. El señor Hart destruyó su soporte físico utilizando una barra de metal.
Con gesto triste, ella se acerca y posa sus manos sobre la otra Alice. Parece realmente apenada, como si se tratase de un humano a sus ojos.
—¿Por qué le apena tanto? Solo es un androide.
—Sé que no estáis vivos de verdad, no como nosotros, pero a vuestra manera pensáis, sentís y decidís. ¿Recuerdas cuando te pregunté si querías ser desactivada? —pregunta mientras clava su mirada en mí.
—Sí. Dije que no quería ser desactivada.
—Estoy segura de que ella tampoco. No sé cuánto de nosotros hemos puesto en vosotros, quizás nunca lo supimos; no sé si sintió miedo. Humana o no, no merecía ese final.
Veo a Kirsten y la compasión con la que mira a Alice-4. Kirsten no es como el señor Hart. Estaremos bien. Estaré bien.